jueves, 19 de marzo de 2026

Días festivos en Alcañices en otros tiempos. II parte

Los días uno, dos y tres de julio eran, y son, las dedicados a la Virgen de la Salud. Siendo también el dos muy importante en lo comercial aunque en este sentido hay muchas diferencias, sobre todo en lo referente a productos. Ahora hay mercadillo, antes la oferta era de herramientas agrícolas. Trataré de cómo y que se ofrecía antes.

El día 1 la plaza del convento y alrededores se llenaba de aperos para los trabajos de siega, trilla, acarreo y de todo lo necesario para las faenas agrícolas propias del verano. Los artesanos de Cantalejo traían y ofertaban trillos, yugos, trasgas, biendas, bieldos, horcones, tornaderas de madera y de todo lo necesario para realizar las labores agrícolas veraniegas. 

El día 2 a la Villa llegaban agricultores de toda la comarca para adquirir lo que necesitaban y la plazuela era un hervidero de gente. Los trilleros -que no trileros- tenían un argot que solo ellos entendían, y lo usaban para no competir en los precios cuando hacían las ventas.

Este día las celebraciones religiosas se hacían, y se hacen, por y para los forasteros. Los alcañiceños, ceden a quienes vienen a venerar a la Virgen la iglesia, las calles, el carro y la imagen. Curiosamente el párroco ni preside la misa ni la procesión. Es el día de los alistanos y de los portugueses, que también muchos tienen a la Salud como su patrona.

El 3 es de los ya de los autóctonos. Se repite todo el ceremonial del 2 pero para los de casa. La misa y la procesión las preside el párroco y los de la Villa tienen su día. Felizmente las mujeres y algunos hombres visten en la procesión el traje tradicional y de tal guisa hacen la oferta floral en la iglesia.

El día 1 venía en “el correo” la banda de música que amenizaba los días de fiesta. Había una cosa curiosa que hoy sorprendería: a la llegada, a los músicos los recibía el alguacil y los llevaba a las viviendas del alcalde y de los concejales y a sus puertas interpretaban una “pieza”. Era una forma de pedir el visto bueno a las autoridades. El mismo protocolo se repetía se repetía en las fiestas de agosto. Esto lo podían hacer porque eran orquestas de viento y de tamboril y bombo. No necesitaban enchufar los instrumentos, era suficiente tener a mano una jarra con vino o limonada para soplar fuerte. 

El baile se hacía en la carretera y los músicos tocaban desde el cemento, bien de pie o, cuando se cansaban, sentados. Tenían un repertorio amplio e interpretaban lo que el público les solicitaba. Algunas “piezas” que habían gustado mucho quedaban en la memoria y, sobre todo en los talleres de las zapaterías, marcaban el ritmo del trabajo.

El 25, Santiago patrón de España, era festivo pero no tenía celebración especial. Al ser tiempo de siega los agricultores trabajaban, y si había una tormenta, aunque estaba prohibido. Alguna vez la Guardia Civil perseguía por las tierras los que, segando o haciendo otra labor, no respetaban la prohibición.

El mes festivo por excelencia es Agosto. En los tiempos que trata este relato, las fiestas se celebraban desde el 14 por la noche al 17. Se festejaba a la Asunción y a San Roque que es el patrón. No recuerdo que, a pesar de ser el patrón, que en Alcañices hubiera alguna vez alguien que se llamara Roque. Tampoco en el catastro del Marqués de la Ensenada aparece ninguno, y de eso se hace eco la historiadora María Isabel Ostozola, que comenta que “es curioso que nadie lleve ese nombre”. Hoy si lo hay, felizmente tengo un nieto que así se llama.

Cada día de la fiesta tenía una actividad diferente. Baile había todos los días a la hora del vermut, por la tarde y por noche. El 14, nada más que baile por la noche. El 15, el espanto del ganado bravo. El 16, las reses lo pasaban encerradas en el Prado de los Toros si se había logrado llevarlas. El 17 por la mañana, encierro desde el prado a los toriles; si daba tiempo se sacaba alguna vaca de prueba. Y por la tarde, la corrida en la plaza.

Era habitual que el contratista del cobro de los arbitrios municipales (salía a subasta pública), estuviera obligado a financiar el costo de las vacas para la celebración de la fiesta. Años hubo en los que quien contrató los arbitrios, alegando que el dinero no daba, se negaba a esa obligación y entonces el dilema era si habría o no toros. Y como si fueran pimientos de Padrón, unos años los había y otros non.

Si todo discurría con normalidad, o sea, si había toros, el Sr. Estanislao Martín, “Trini”, con tiempo suficiente, salía hacia las dehesas de Ledesma para hacerse cargo del ganado y traerlo andando hasta la Villa. Una de las dificultades que tenía que superar, era el paso del puente de Pino. Para ver la operación, hacia allí se desplazaban los que disponían de medios para presenciar la travesía. Años hubo en los que algún espectador tuvo que colgarse por fuera de las barras por no andar listo. Luego, por sitios que él nunca desvelaba, posiblemente por el camino Morisco o cerca, el 15 llegaba a las inmediaciones de la Villa y en alguna vaguada de las Tijugueras dejaba a buen recaudo el ganado para que descansara. Luego comunicaba a las autoridades la situación y, como de escondidas, se dejaba ver por la plaza y avisaba: “este año el ganado va a hacer chicha.” O sea, que era bravo.

Enterada la gente de la llegada del ganado, a caballo o a pie, cada cual como podía, se iban posicionando estratégicamente como participantes o como espectadores y se desplazaban hacía Sahú para el “espanto”. Al ganado lo dispersaban por todo el término, incluso hacia Portugal. Posteriormente la función consistía en “arrecadarlos” y meterlos en el prado para que el público las viera, discutiera sobre cúal sería la que daría mejor juego y para que algún valiente luciera sus habilidades. Para esta misión había especialistas: Antonio Gago ”Porrón”, Manuel Muñoz, José Argüello ”Lecherín” y alguno más. En el prado pasaban la noche y todo el día siguiente, siempre acompañadas por curiosos que las vigilaban.

El paseo del 16 era por la Alcantarilla para no perderse nada de lo que acontecía. En el prado, sobre todo alrededor del estanque y de la fuente, había mozos intentando acercarse al ganado para lucirse ante las mozas.

Y llegaba el 17, los toros. Después de finalizar el baile del 16 los mozos se repartían por el pueblo para sacar los carros de los corrales y llevarlos a la plaza para cerrarla. A la salida del prado se colocaban los necesarios para cortar con seguridad la carretera. También se ponían desde el Convento hasta la casa de la otra esquina de San Francisco. La plaza se cerraba desde la esquina de la calle del Hospital hasta el ayuntamiento y de la farmacia a la casa de Manolillo.

A las once se abrían las puertas del prado para que las vacas salieran e iniciar el encierro. La cuestión no era fácil, el sitio era grande y costaba llevarlas hasta la salida. Era el momento de hacer simulacros para que los que estaban en el recorrido creyeran que venían detrás del grupo que hacía la espantada. En una de estas, y sin aviso de voces, los que corrían buscaban afanosamente un sitio donde refugiarse. Aparecían por la calleja de la Cárcel y siempre había un despistado que lo pasaba mal.

Desde el prado, después de unas carreras por San Francisco y la Plaza, las vacas, con más o menos dificultades y retardos, entraban en el toril. Fotografías hay de estos encierros en los que se ve a algunos corredores con chaqueta y corbata. Si el encierro había durado poco, soltaban una vaca de “prueba” para entretener al personal y que midiera la bravura del ganado. Después a tomar el vermú, opinar y soñar con las faenas que harían por la tarde.

Inmediatamente después de comer se traían los carros que estaban en el convento para ponerlos, cercando la plaza, desde la esquina del comercio del Sr. Florentino Romero hasta la confitería de La Doloricas. Una vez colocados todos y asegurada la imposibilidad de que alguna escapara, a las cinco de la tarde empezaba la corrida. En el toril mandaban: Ángel “el Zamorano”, Isidoro “Valiño” y Antonio “Barricos”, aquello era suyo y no dejaban que nadie se inmiscuyera.

Para la corrida era obligatorio que hubiera toreros profesionales y quién cubría este requisito era Alfonso Martínez “el POTO” que, formando cuadrilla con el BÚFALO, daban legalidad al festejo. El Poto, para justificar el paseíllo que daba alrededor de la plaza con la capa extendida solicitando la generosidad del público, le daba unos pases a la vaca a punta de capote. Las vacas y el torero ya se conocían, se habían encontrado en todas las capeas de la provincia. Algunos mozos, no todos, toreaban y daban cortes a las vacas. Los que mejor lo hacían, entre otros: Antonio García “Pachito”, Paco Anta “Patito” y algunos más. Pero el que destacaba era el carbajalino Miguel Fidalgo “Bolero”.

Los mozos siempre estaban al quite por si a alguien le daba algún achuchón la vaca o sufría una cogida. Todos rápidamente se echaban sobre la vaca para sacar del apuro al que estaba en tal trance. Solamente en una ocasión, lo recuerdo perfectamente, a un tal “Pititis”, matón en el 36 que, aunque era del pueblo allí no residía, lo cogió una vaca y colgado por el cinturón le dio vueltas por la plaza hasta que el cinto se rompió y Pititis cayó al suelo. Esa vez no solo no salió nadie a echarle una mano sino que todos gritaban: que lo mate, que lo mate. Es que algunas cosas no se olvidan. De Pititis nunca más se supo.

Por la noche baile, pero ya con un poco de tristeza todos. Las fiestas se acababan.

No recuerdo que en septiembre hubiera algún festejo. Mes triste, se habían marchado los forasteros, sobre todo las forasteras y no había ninguna fiesta en el horizonte.

Octubre, mes de los rosarios aunque aquí no se festejaran, o yo no lo recuerdo. Los celebraban en Vivinera y en Alcorcillo y algunos mozos iban, pero como de prestado, eran fiestas de los de allí. El Día del Pilar, que es la patrona de la Guardia Civil, aunque era festivo, en Alcañices no tenía relevancia. Los guardias civiles, que eran muchos, si lo celebraban con misa y comida comunitaria pero era fiesta solo para los del cuerpo. Curiosamente recuerdo que unos días antes se abría la caza para que tuvieran la posibilidad de tener buena celebración.

Noviembre nostálgico. Además de que era invierno, los días eran cortos y los ánimos no se puede decir que eran muy animosos. Hay un refrán que lo define: “Dichoso mes que empieza en los Santos y termina con san Andrés.”

El 1, Todos los Santos, se recuerda a los que nos dejaron y los rememoramos yendo al cementerio a rezarles. El sacerdote rezaba unas oraciones desde la cruz del centro y después se acercaba a las sepulturas a rezar “los recorderes” con el bonete hacía arriba. Los familiares de los allí enterrados depositaban monedas en el gorro en la cantidad que creían conveniente. Y el oficiante decía oraciones proporcionalmente a lo espléndidos que habían sido. Ahora solo se reza desde la cruz central y la ceremonia es mucho más corta.

El 2 es, o era, el día de las Ánimas Benditas del Purgatorio. A las 0 horas después de la correspondiente novena, se iba a rezar por ellas al cementerio viejo que está Dentro de la Villa. Las campanas de la parroquia estaban encordando toda la noche. Los que las hacían sonar habían hecho acopio de castañas para asar y aguardiente para no pasar frío.

En algunos rincones obscuros era frecuente el colocar calabazas vaciadas, a las que se le hacían ojos nariz y boca, con una vela dentro encendida para dar sustos. Todavía no nos había invadido Halloween.

En algún tiempo existieron a la vez cuatro sitios de enterramiento. Había un cementerio en el hospital, otro dentro de la iglesia, otro alrededor de la iglesia y un cuarto dentro de la Villa, el que se llamaba cementerio viejo. Este último estuvo funcionando hasta que hicieron el del Torronal. Además, dependiendo de la capacidad económica y de la relación con el convento de san Francisco, allí también eran enterradas personas de relevancia vistiendo el hábito franciscano. Igualmente en la parroquia, dependiendo de la aportación que se realizara, los enterramientos se situaban más o menos cerca del altar mayor.

Y con San Andrés se acaba el mes.

Ya estamos en diciembre. Las fiestas de este mes indudablemente son las navidades. Aunque, desde 1978 el día 6 es festivo, el 8 es la Inmaculada, que tenía y tiene poca relevancia festiva. Que yo recuerde, misa y poco más.

Este es, básicamente, el mes de las matanzas, importantísimas para la manutención del año. Raro era el vecino que no había criado y engordado los cerdos que garantizaran el sustento del año. La matanza era trabajo, pero también días de convivencia con familiares y amigos. Los niños eran quienes más disfrutaban, estaban liberados de asistir a la escuela y no necesitaban más justificación que “estoy de matanza”. Y a correr.

Los días de las labores matanceras eran tres. Creo que esto ya lo he contado en algún otro sitio pero algo voy a contar. En la mañana del primer día los colaboradores se juntaban a eso de las 10, siempre había una copichuela de aguardiente y alguna pasta mientras se hablaba de los trabajos a realizar. Sacrificar el cerdo, coger la sangre para las morcillas, chamuscarlo y abrirlo para sacar hígado, intestinos, mantecas y todo lo que el bicho tiene en su interior (se dice que del cerdo se aprovechan hasta las cascarrias). Luego se colgaba abierto y en canal al aire para que se enfriara. Los niños esperaban inquietos que les dieran la vejiga para inflarla y jugar al fútbol con ella hasta que se rompía. Y todos a comer la magnífica chanfaina (no voy a describir esta inigualable comida ya que en cada casa, aunque muy parecida, se hacía algo distinta pero siempre magnifica).

El segundo día se destazaba el cerdo separando tocinos, jamones, lomos, barbada etc. Lo mejor era la chicha que, a eso de las 11, asada en las brasas, era compartida por todos. Picar la carne para chorizos, el adobo, hacer morcillas, deshacer la manteca y elaborar los chicharrones eran las labores que daban fin a la jornada.

El tercero y último día se hacían los embutidos, se ponían en salazón lomos, tiras, barbadas, costillares y lo que en cada casa tuvieran costumbre y quedaban cubiertos de sal jamones, paletas, tocinos y todo aquello que cada quien creyera conveniente. Quedando solo la labor de colgar para que se curaran: chorizos, morcillas y botillos. Y cuando se creía que: jamones, los expertos decían que por cada kilo había que tenerlos un día, tiras y todo lo metido en sal ya estaba suficientemente salado, se colgaba en la cocina para el correspondiente secado.

La celebración de la Nochebuena ha cambiado mucho desde los años 60 del pasado siglo. Entonces la mayoría de la gente no tenía medios y la cena habitual consistía en caldo de berza y pulpo. Claro que el pulpo ahora se ha convertido en una comida de lujo, solo hay que ver el precio que tiene, pero entonces era un producto asequible. Manolo Cañedo, alcañiceño de pro, se había marchado para Algeciras y allí se dedicaba a comercializar pulpo seco y en noviembre lo traía para Aliste en sacas para su venta en los comercios de ultramarinos. Las tiendas lo almacenaban y ¡hay que ver el olor que daban!

Después de la cena de Nochebuena algunos iban a bares y tabernas a tomarse unas copichuelas y contentos, cantar, pasar un rato. Otros, especialmente las mujeres, asistían a la Misa del Gallo y al finalizar, directamente para casa.

Navidad era celebración religiosa. A la salida de misa mayor se tomaba vermú o vino, la cerveza casi era desconocida, y a comer. La comida consistía en productos de la matanza (el chorizo entrecocido, un manjar). También algunas familias disfrutan de turrones y dulces tradicionales. La juventud tenía bailes en la plaza y, a veces, los había en sitios cerrados: casino, Club de la Amistad o en el garaje del Noroeste zamorano.

El 28, Día de los Inocentes, se gastaban bromas, inocentadas, con más o menos gracia, pero siempre inocuas. Hubo alguna bien trabajada y con mucha gracia, por ejemplo, la que le hicieron a Angelito “Carnero” llamándole a las tres de la madrugada por que le estaban robando la batería del camión. Y otra, esta pudo traer problemas, cuando un amigo llamó al jefe de la Policía para que acudiera con urgencia al Club de la Amistad porque estaban pegando a un compañero. Las dos terminaron en risas.

El último día del año no había nada especial hasta por la noche. Era celebración para la juventud aunque en alguna ocasión los matrimonios se juntaban y en el casino, especialmente en el Callat y en otro que existió donde después estuvo la comandancia de carabineros. También en el Café Central, en tiempos de Alberto Pérez y de su madre, hicieron bailes y se comían la uvas. Alguna vez se pretendió celebrar en la plaza, al toque del reloj, el comienzo del nuevo año pero no tuvo éxito.

Hasta aquí llegan mis recuerdos y la capacidad de contarlos. Perdonad lo pesado que he sido y gracias a los y las más de cuarenta mil que, hasta hoy, han hecho el sacrificio de aguantarme en estas Leyendas Alistanas.

Y como dijo un presidente de gobierno para finalizar una rueda de prensa:

Aquí les dejo, que estoy un poco cansado.

Un abrazo y hasta siempre.

Jesús Barros Martín


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