Los días uno, dos y tres de julio eran, y son, las dedicados a la Virgen de la Salud. Siendo también el dos muy importante en lo comercial aunque en este sentido hay muchas diferencias, sobre todo en lo referente a productos. Ahora hay mercadillo, antes la oferta era de herramientas agrícolas. Trataré de cómo y que se ofrecía antes.
El día 1 la plaza del convento y alrededores se llenaba de aperos para los trabajos de siega, trilla, acarreo y de todo lo necesario para las faenas agrícolas propias del verano. Los artesanos de Cantalejo traían y ofertaban trillos, yugos, trasgas, biendas, bieldos, horcones, tornaderas de madera y de todo lo necesario para realizar las labores agrícolas veraniegas.
El día 2 a la Villa llegaban agricultores de toda la comarca para adquirir lo que necesitaban y la plazuela era un hervidero de gente. Los trilleros -que no trileros- tenían un argot que solo ellos entendían, y lo usaban para no competir en los precios cuando hacían las ventas.
Este día las celebraciones religiosas se hacían, y se hacen, por y para los forasteros. Los alcañiceños, ceden a quienes vienen a venerar a la Virgen la iglesia, las calles, el carro y la imagen. Curiosamente el párroco ni preside la misa ni la procesión. Es el día de los alistanos y de los portugueses, que también muchos tienen a la Salud como su patrona.
El 3 es de los ya de los autóctonos. Se repite todo el ceremonial del 2 pero para los de casa. La misa y la procesión las preside el párroco y los de la Villa tienen su día. Felizmente las mujeres y algunos hombres visten en la procesión el traje tradicional y de tal guisa hacen la oferta floral en la iglesia.
El día 1 venía en “el correo” la banda de música que amenizaba los días de fiesta. Había una cosa curiosa que hoy sorprendería: a la llegada, a los músicos los recibía el alguacil y los llevaba a las viviendas del alcalde y de los concejales y a sus puertas interpretaban una “pieza”. Era una forma de pedir el visto bueno a las autoridades. El mismo protocolo se repetía se repetía en las fiestas de agosto. Esto lo podían hacer porque eran orquestas de viento y de tamboril y bombo. No necesitaban enchufar los instrumentos, era suficiente tener a mano una jarra con vino o limonada para soplar fuerte.
El baile se hacía en la carretera y los músicos tocaban desde el cemento, bien de pie o, cuando se cansaban, sentados. Tenían un repertorio amplio e interpretaban lo que el público les solicitaba. Algunas “piezas” que habían gustado mucho quedaban en la memoria y, sobre todo en los talleres de las zapaterías, marcaban el ritmo del trabajo.
El 25, Santiago patrón de España, era festivo pero no tenía celebración especial. Al ser tiempo de siega los agricultores trabajaban, y si había una tormenta, aunque estaba prohibido. Alguna vez la Guardia Civil perseguía por las tierras los que, segando o haciendo otra labor, no respetaban la prohibición.
El mes festivo por excelencia es Agosto. En los tiempos que trata este relato, las fiestas se celebraban desde el 14 por la noche al 17. Se festejaba a la Asunción y a San Roque que es el patrón. No recuerdo que, a pesar de ser el patrón, que en Alcañices hubiera alguna vez alguien que se llamara Roque. Tampoco en el catastro del Marqués de la Ensenada aparece ninguno, y de eso se hace eco la historiadora María Isabel Ostozola, que comenta que “es curioso que nadie lleve ese nombre”. Hoy si lo hay, felizmente tengo un nieto que así se llama.
Cada día de la fiesta tenía una actividad diferente. Baile había todos los días a la hora del vermut, por la tarde y por noche. El 14, nada más que baile por la noche. El 15, el espanto del ganado bravo. El 16, las reses lo pasaban encerradas en el Prado de los Toros si se había logrado llevarlas. El 17 por la mañana, encierro desde el prado a los toriles; si daba tiempo se sacaba alguna vaca de prueba. Y por la tarde, la corrida en la plaza.
Era habitual que el contratista del cobro de los arbitrios municipales (salía a subasta pública), estuviera obligado a financiar el costo de las vacas para la celebración de la fiesta. Años hubo en los que quien contrató los arbitrios, alegando que el dinero no daba, se negaba a esa obligación y entonces el dilema era si habría o no toros. Y como si fueran pimientos de Padrón, unos años los había y otros non.
Si todo discurría con normalidad, o sea, si había toros, el Sr. Estanislao Martín, “Trini”, con tiempo suficiente, salía hacia las dehesas de Ledesma para hacerse cargo del ganado y traerlo andando hasta la Villa. Una de las dificultades que tenía que superar, era el paso del puente de Pino. Para ver la operación, hacia allí se desplazaban los que disponían de medios para presenciar la travesía. Años hubo en los que algún espectador tuvo que colgarse por fuera de las barras por no andar listo. Luego, por sitios que él nunca desvelaba, posiblemente por el camino Morisco o cerca, el 15 llegaba a las inmediaciones de la Villa y en alguna vaguada de las Tijugueras dejaba a buen recaudo el ganado para que descansara. Luego comunicaba a las autoridades la situación y, como de escondidas, se dejaba ver por la plaza y avisaba: “este año el ganado va a hacer chicha.” O sea, que era bravo.
Enterada la gente de la llegada del ganado, a caballo o a pie, cada cual como podía, se iban posicionando estratégicamente como participantes o como espectadores y se desplazaban hacía Sahú para el “espanto”. Al ganado lo dispersaban por todo el término, incluso hacia Portugal. Posteriormente la función consistía en “arrecadarlos” y meterlos en el prado para que el público las viera, discutiera sobre cúal sería la que daría mejor juego y para que algún valiente luciera sus habilidades. Para esta misión había especialistas: Antonio Gago ”Porrón”, Manuel Muñoz, José Argüello ”Lecherín” y alguno más. En el prado pasaban la noche y todo el día siguiente, siempre acompañadas por curiosos que las vigilaban.
El paseo del 16 era por la Alcantarilla para no perderse nada de lo que acontecía. En el prado, sobre todo alrededor del estanque y de la fuente, había mozos intentando acercarse al ganado para lucirse ante las mozas.
Y llegaba el 17, los toros. Después de finalizar el baile del 16 los mozos se repartían por el pueblo para sacar los carros de los corrales y llevarlos a la plaza para cerrarla. A la salida del prado se colocaban los necesarios para cortar con seguridad la carretera. También se ponían desde el Convento hasta la casa de la otra esquina de San Francisco. La plaza se cerraba desde la esquina de la calle del Hospital hasta el ayuntamiento y de la farmacia a la casa de Manolillo.
A las once se abrían las puertas del prado para que las vacas salieran e iniciar el encierro. La cuestión no era fácil, el sitio era grande y costaba llevarlas hasta la salida. Era el momento de hacer simulacros para que los que estaban en el recorrido creyeran que venían detrás del grupo que hacía la espantada. En una de estas, y sin aviso de voces, los que corrían buscaban afanosamente un sitio donde refugiarse. Aparecían por la calleja de la Cárcel y siempre había un despistado que lo pasaba mal.
Desde el prado, después de unas carreras por San Francisco y la Plaza, las vacas, con más o menos dificultades y retardos, entraban en el toril. Fotografías hay de estos encierros en los que se ve a algunos corredores con chaqueta y corbata. Si el encierro había durado poco, soltaban una vaca de “prueba” para entretener al personal y que midiera la bravura del ganado. Después a tomar el vermú, opinar y soñar con las faenas que harían por la tarde.
Inmediatamente después de comer se traían los carros que estaban en el convento para ponerlos, cercando la plaza, desde la esquina del comercio del Sr. Florentino Romero hasta la confitería de La Doloricas. Una vez colocados todos y asegurada la imposibilidad de que alguna escapara, a las cinco de la tarde empezaba la corrida. En el toril mandaban: Ángel “el Zamorano”, Isidoro “Valiño” y Antonio “Barricos”, aquello era suyo y no dejaban que nadie se inmiscuyera.
Para la corrida era obligatorio que hubiera toreros profesionales y quién cubría este requisito era Alfonso Martínez “el POTO” que, formando cuadrilla con el BÚFALO, daban legalidad al festejo. El Poto, para justificar el paseíllo que daba alrededor de la plaza con la capa extendida solicitando la generosidad del público, le daba unos pases a la vaca a punta de capote. Las vacas y el torero ya se conocían, se habían encontrado en todas las capeas de la provincia. Algunos mozos, no todos, toreaban y daban cortes a las vacas. Los que mejor lo hacían, entre otros: Antonio García “Pachito”, Paco Anta “Patito” y algunos más. Pero el que destacaba era el carbajalino Miguel Fidalgo “Bolero”.
Los mozos siempre estaban al quite por si a alguien le daba algún achuchón la vaca o sufría una cogida. Todos rápidamente se echaban sobre la vaca para sacar del apuro al que estaba en tal trance. Solamente en una ocasión, lo recuerdo perfectamente, a un tal “Pititis”, matón en el 36 que, aunque era del pueblo allí no residía, lo cogió una vaca y colgado por el cinturón le dio vueltas por la plaza hasta que el cinto se rompió y Pititis cayó al suelo. Esa vez no solo no salió nadie a echarle una mano sino que todos gritaban: que lo mate, que lo mate. Es que algunas cosas no se olvidan. De Pititis nunca más se supo.
Por la noche baile, pero ya con un poco de tristeza todos. Las fiestas se acababan.
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