domingo, 1 de marzo de 2015

PEPE ALCAÑICES


Quizás el más popular de quienes hasta la actualidad han ostentado el título de marqués de Alcañices sea José Isidro Osorio y Silva-Bazan (4-8-1825) quien, a pesar de ser titular de cuatro ducados, entre ellos el de Alburquerque y el de Sexto y otros dieciséis títulos nobiliarios más, pasó a la historia como Alcañices o Pepe Alcañices. Personaje que en la película “Donde vas Alfonso XII” fue encarnado por el actor Tomás Blanco.

Pepe fue alcalde de Madrid de 1857 a 1864 y buen alcalde, consiguiendo que, durante su mandato, la ciudad pasase a ser más limpia y habitable. Prohibió que los cerdos circularan por la calle comiendo basuras y desperdicios - era una concesión que tenia una orden religiosa de la que ahora no recuerdo su nombre -  y puso  urinarios públicos gratuitos en las calles. Para evitar que la gente hiciera sus necesidades escatológicas  en las vías publicas y se acostumbraran al uso de las letrinas,  colocó en lugares muy visibles unos bandos prohibiendo orinar en la calle  e imponiendo a quien lo hiciera la multa de 20 pesetas-enorme para aquellos tiempos-. Al día siguiente de la publicación de los bandos, aparecieron escritos bajo ellos unas coplillas anónimas que decían:

¿Cuatro duros por mear? / ¡Caramba, que caro es esto! / ¿Cuanto cobra por cagar el señor duque de Sexto?

 Nuestro marqués se enamoró  de Francisca Portocarrero, quien luego se casó con el duque de Alba y, que paradoja, del marqués estuvo muy enamorada, tanto que al no sentirse correspondida intento suicidarse, la hermana de Francisca: Eugenia de Montijo, que después fue emperatriz de Francia (Concha Piquer, en la copla Eugenia de Montijo, canta algo sobre esto). Pero nuestro personaje se casó en 1857 con la princesa rusa Sofía Troubetzkoy que, según cuentan las malas lenguas, era hija del zar Nicolás I y viuda de un medio hermano de Napoleón III, marido de Eugenia -que líos de familia-, y que aportaba al matrimonio cuatro hijos. Esta mujer era muy bella, con mucha personalidad y muy rica, y rápidamente lideró a  las damas de la nobleza madrileña. 

Pepe Alcañices sostuvo económicamente el exilio de Isabel II, para lo que le mantuvo abierta permanentemente una cuenta con 500.000 reales, y pagó la educación de Alfonso XII en colegios de Francia y Suiza. Todo ello representó un gasto de 20.000.000 de reales, lo que le supuso la ruina económica y como consecuencia la necesidad de vender  su patrimonio. Empezó  por el palacio que tenía en Madrid en la calle de Alcalá, vendido  por 3.187.500 reales en marzo de 1882 (lugar donde se ubica el banco de España), el ducado de Sexto e infinidad de otras posesiones.

A pesar de los famosos tres jamases de Prim, el marqués logró que los Borbones volvieran a reinar en España. Convenció a Isabel II para que abdicara y cuando esta firmó la abdicación, la reina llamó al futuro rey y le dijo: “Alfonso, dale la mano a Pepe que ha conseguido hacerte rey”. Pepe Alcañices y su mujer, al tener mucha ascendencia con la nobleza, hicieron difícil la vida de Amadeo  de Saboya y de su esposa. Conspiraban,  los  ignoraban, no asistían a las recepciones reales e hicieron todo lo que estaba en su mano para que los demás nobles tampoco asistieran.

 La Troubetzkoy lidero la “Rebelión de las mantillas”, hecho que consistió en lo siguiente: pidió a las damas de la nobleza que salieran  en sus carruajes por el paseo de coches del Retiro y por la Castellana ataviadas con mantilla, prenda que  estaba ya en desuso, y adornadas con la flor de lis de los Borbones. Todas sus leales y otras por emulación lo hicieron durante los días 20, 21 y 22 de marzo.  La  reina, que creyó que eso era la costumbre, dijo: “mañana vendré yo también con mantilla”. Las damas de la nobleza, al saberlo, acordaron no salir al paseo. Al enterarse del asunto Manuel Zorrilla, a la sazón jefe de gobierno, contrató a gente del espectáculo y a prostitutas con el fin de ridiculizar a la nobleza que secundaba a la marquesa, pero le salió mal la jugada, pues quien se sintió corrida y ridiculizada fue la reina, que se  cabreó mucho, se marchó al poco tiempo para Italia, y convenció a  Amadeo para que renunciara al trono poco después.

Hay otra una curiosa historia de la marquesa Troubetzkoy  y es la de que fue la introductora en España de la costumbre de poner Árbol de Navidad en las casas.  Lo puso en su palacio las navidades de 1870, primer año del matrimonio, y, como tenia deslumbrados por su belleza y maneras a la nobleza, todos la imitaron, y hasta hoy.

El marqués no tuvo nunca buenas relaciones con María  Cristina,  segunda esposa de Alfonso XII, que le acusaba de ser el causante de la vida un tanto disoluta del rey. La reina, cuando enviudó, le acusó de que se había aprovechado de dinero del reino, un infundio para desprestigiarle (como cambian los tiempos) y aquel, también viudo,   mayor y sin ánimo para defenderse, se retiró de la vida pública.  Falleció  el 30 de diciembre de 1909 siendo sustituido en el marquesado de Alcañices y demás títulos por su sobrino Miguel Osorio Martos, ya que no tuvo  descendencia directa.

domingo, 1 de febrero de 2015

Pepe Pinto




José Torres Garzón, más conocido como Pepe Pinto, fue un gran  cantaor, payo por más señas, muy popular  en los años cuarenta /cincuenta  del S. XX, que en Alcañices tenía muchos admiradores. Miguelista y los hermanos Araujo Juan eran de los más destacados. Pero  de esto ya he escrito en el libro Casa Barros. Tenía  compañía propia y  en Zamora, en el teatro Ramos Carrión,  era de los artistas que no podían faltar  durante las ferias de septiembre. Estaba casado con Pastora Pavón, la Niña de los Peines (sobrenombre que le pusieron porque de niña cantaba un tango que se titulaba precisamente: los peines) que pasaba  por ser una de las cantaoras gitanas mas cabales de todas la épocas. Pues bien, estos dos artistas, mediada la década de los cuarenta, pasaron una noche de cante grande en Alcañices

Y esta es la historia:

Por una serie de razones que no vienen al caso, Pepe Pinto y el señor Cordero,  dueño en Zamora del bar de su mismo nombre que estaba  en la  placita donde la calle de la Feria desemboca en la avenida homónima, eran muy amigos y, este y su mujer, la señora Isabel, eran, a su vez, también muy amigos del matrimonio  formado por  María Gago y Antonio Barros. El señor Cordero, que era muy popular, es uno de los personajes que figuran en la gran novela de Tomás Sánchez Santiago, CALLE  FERIA.

María y Antonio, como era obligado entonces, fueron a pasar un día  de la feria de setiembre a Zamora y, según costumbre de aquellos tiempos, se alojaron en casa de sus amigos los dueños del bar anteriormente mencionado. La razón principal del viaje era visitar a los amigos y asistir a la corrida de toros, algo que, además de gustarles mucho, daba para hablar todo el año. Como recuerdo del acontecimiento trajeron un cartel que estuvo colgado muchos años adornando una pared en la caseta de la huerta que poseían en Valdesejas. Cartel que, aunque de forma un poco borrosa, ay la   memoria,  recuerdo así:

Ocupaba todo su fondo, que tenía un color pastel ligeramente amarillo, un torero dando una media verónica a un toro negro zaino. Torero  y toro de perfil.  

Las leyendas decían:

PLAZA DE TOROS DE ZAMORA

8 DE SEPTIEMBRE DE 19xx

(la fecha no la recuerdo con exactitud)

Con el permiso de la autoridad y si el tiempo no lo impide, se lidiaran seis hermosos toros seis de la famosa ganadería del Duque de Pinohermoso  por los matadores

Luis Miguel Dominguín

Pepe Dominguín

   Y   Manolo González.

Por la noche los matrimonios Cordero y Barros, se fueron al Ramos  a ver la actuación de la compañía de Pepe Pinto. Terminada la actuación accedieron al camerino de los artistas para saludarlos. Una  vez estos en ropa de calle, se  unieron a los dos matrimonios y salieron a disfrutar de la festiva noche septembrina zamorana. Obvio es decir que fueron a tomar unas copas al Duri  a disfrutar de las actuaciones de las animadoras, que entonces,  sobre todo en ferias, eran habituales en ese café.

 Era  la última  actuación de la compañía del Pinto en Zamora en aquellas ferias y tenían unos días de asueto hasta las siguientes  en Salamanca. Como  el sexteto, sobre todo las mujeres, había conectado bien, decidieron prolongar la reunión  y convinieron en acercarse  a conocer Alcañices, así que la tarde del día siguiente aparecieron en la villa. La llegada de los artistas no fue un acontecimiento que revolucionara el pueblo, entonces no había la histeria que hoy se forma alrededor de los famosos, ni se anunció a toque de reloj,  pero si fue conocida por los que frecuentaban la Casa Barros y por los íntimos de los propietarios que, conocedores de la personalidad de los visitantes,  llegaron a la taberna  más temprano de lo habitual. Después de las preceptivas presentaciones y saludos, Perero fue a su tienda y volvió cargado  de botellas de Tío Pepe,  Coquinero y de toda clase de latas de conserva, acompañado de Fernanda, su mujer, que le ayudó al transporte. Cotoví,  que rápidamente  apareció con  la señora Eugenia llegó aportando   quesos holandeses de bola y Montecristos. El  dueño de la casa sacó el mejor jamón que tenía, así que el tentempié proyectado se convirtió en suculento y bien regado banquete. La docena larga de personas que se sentaron alrededor de la mesa, dieron buena cuenta de las viandas y, como el vino fino trasegado humedeció con generosidad los gaznates, pasó  lo que tenía que pasar, que la sobremesa se prolongó hasta bien entrada la madrugada..

Perero, la copla, Cotovi, la guajira, Cordero, “ahí va la galga”, cuando el asma se lo permitía,  daba sus jipios. Cada  cual hacía lo que mejor se le daba o se le ocurría,  pero la verdad es que el cante nunca se interpretó con tanta pureza en la villa (¿Habrá algo mas verdadero que cantar sin  música? se preguntaba Einstein) como cuando la Niña de los Peines de arrancó por peteneras, tangos, soleares, seguiriyas y tarantas. Tampoco faltaron las sevillanas, ni  los intentos de bailarlas por todos los asistentes bajo la compasiva mirada de los artistas. Pepe Pinto  cantó zambras y sus famosos fandangos. Uno  de ellos, precursor del móvil, decía:” lo he dicho y lo voy ha hacer/ un teléfono sin hilos/ pa saber de tu querer”, y los recitados y las coplas que le dieron gloria. La velada fue larga y recordada por los asistentes durante toda su vida. Y  yo, que entonces era poco más que un niño de pecho, no se si fue algo que viví o si  de oír relatarlo tantas veces, parece como si lo hubiera vivido. Lo tengo tan interiorizado que cuando oigo un cante de la Niña de los Peines o del Pinto, los veo interpretándolo en el comedor grande de la casa, acompañado sólo  de las  palmas o de los nudillos  percutiendo sobre la mesa   marcando el compás.    

Esto podía tomarse, como se dice ahora, por una leyenda urbana, pero es historia. Historia  que hizo felices a quienes la vivieron  y la guardaron entre los recuerdos  más agradables.

 

 

Las Candelas 2015

A María Gago, María Martín y María Barros

martes, 6 de enero de 2015

Rogativas

Las rogativas eran, no se si son, unas peticiones que se hacían al cielo para que, cuando se necesitaba, lloviera. Generalmente las plegarias se efectuaban en procesiones en las que se sacaba a una imagen, que era  llevada en andas por los fieles hasta los campos, para que vieran la necesidad, quienes  le pedían: te rogamus audi nos, que intercediera  para que los cielos se abrieran y cayera generosamente el tan deseado liquido. Como cuando más se necesitaba  el agua era en mayo para que granaran bien los panes y los prados tuvieran buena y abundante hierba, el santo que procesionaban era San Isidro  -fiesta o conmemoración que se celebra el 15 de mayo- que como había sido labrador, era su abogado en estas cosas. Pero había pueblos que  no disponían de  imagen del santo y procesionaban en las rogativas  la de  quien mas devoción tenían, que casi siempre solía ser  un Cristo.

Pues bien, en un pueblo de la raya, del otro lado de la raya, aquel año había sido sequísimo, no había caído  una gota de agua ni en el invierno ni durante la primavera. Los campos eran un secarral; en  los prados se veían más trozos de calvas que de hierba  y las gentes  empezaban a pensar que tendrían que desprenderse del ganado ya que no tenían posibilidad de alimentarlo y las cosechas de cereales y hortícolas no se preveían ni medianamente suficientes. Así que decidieron  solicitar al cura párroco que hiciera rogativas para pedir lluvia. Este  accedió rápidamente a la solicitud, hombre de fe, creía que ese tipo de cuestiones eran  eficaces si en ello se ponía  la convicción necesaria. El  sacerdote  no era como el de un pueblo alistano al que, dada la pertinaz sequía, los feligreses fueron a pedir  que hiciese una procesión para que lloviese  y les dijo que bueno, que si no había otro remedio la haría, pero que al menos habría que esperar a que hubiese alguna nube. Quizás este era algo más pragmático. Cuestión de puntos de vista.  

En  el pueblo de Ifanes, será mejor decir el nombre, al otro lado de la raya, hicieron la rogativa con toda la solemnidad, el cura, los mayordomos de todas las cofradías, los monaguillos y todos los que ostentaban alguna representación o autoridad se revistieron con sus mejores galas y sacaron al Cristo crucificado, imagen muy antigua a la que tenían una gran devoción, para que por  él mismo comprobara el estado de necesidad. En Portugal san Isidro es casi un desconocido, así les va, pues es un santo español, madrileño y puede que hasta moro o, al menos, morisco.

La rogativa fue hecha con el mayor fervor, los “Te rogamus audi nos” llegaron a su destino y fueron eficaces. Antes de salir de la iglesia, donde la comitiva dio por terminada  la procesión y dejó  la imagen, empezó a llover copiosamente. Los parroquianos se pusieron muy contentos, vieron que  les habían atendido en sus  necesidades y que las penurias que tenían por inevitables llegaban a su fin.

Pero hete aquí que pasaban  los días y la lluvia no cesaba. Los campos rebosaban de agua, todo era un barrizal, los caminos se hicieron intransitables, a los prados  no podían llevar el ganado y la cantidad de agua caída era tal que la yerba se pudría sin que los animales la pudieran pastar y en las tierras los cereales estaban cogiendo un color que no anunciaba una buena cosecha. En fin, que la meteorología había dado un vuelco pero la situación no había mejorado sino todo lo contrario.

Así que otra vez los feligreses decidieron acudir al párroco para solicitar otras rogativas, pero esta vez para pedir que cesara la lluvia. Todo el pueblo, con el cura y todas las autoridades a la cabeza,  formó en procesión con el santo Cristo  en las andas, cantando  con toda la potencia de sus pulmones (que paradoja) para que la lluvia les dejara. Hicieron  la procesión durante varios días, pues el agua seguía cayendo insistentemente. Después de repetir la solicitud muchas veces la lluvia no cesaba, la gente estaba desesperada al ver que su adorado Cristo no les hacía caso y prever un futuro  más negro que los cielos.  Cansados de rezar y de suplicar, viendo que sus males no tenían remedio,  la enésima vez que sacaron al Cristo sin que les hiciera caso, al llegar a la iglesia lo tiraron en la gran laguna que se había formado en las inmediaciones.

La imagen, que como ya dijimos, era muy antigua, estaba plagada de los agujeros que la carcoma le había hecho a lo largo de los siglos. Así que al hundirse en el agua, el aire que contenía produjo gran cantidad de burbujas que al salir a la superficie hacían el glu glu  característico. Las gentes que lo contemplaban alrededor de la charca,  que no estaban precisamente contentas con la actuación del Cristo,  en tono  sarcástico, enfadados le gritaban: “carallo, ainda bufas”.

Desde entonces  en ese pueblo ni se te ocurra decir: glu, glu, glu,  ni  mucho menos acompañarlo de un gesto  con la mano hacia arriba moviendo los dedos haciendo como que algo ascendiera. Puedes  tener problemas.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Monte del Pedroso

El Pedroso es el monte mas mítico de Aliste, en el hay un castro que es uno de los más extensos e inexplorados de los existentes en la comarca. Tiene una altitud de 765 metros y una extensión de unos 3 km2.  En la cima, llamada la Plaina, había una torre de vigilancia de siete metros de diámetro y considerable altura, desde la que se avistaba una gran extensión de terreno. Estaba circundado por una muralla que protegía a la población que residía en las viviendas que había en su interior, en un recinto de más de ciento cincuenta metros de longitud. El   monte estaba perforado por cuevas y túneles que facilitaban el ocultamiento y el traslado de los habitantes del poblado. En esas cuevas y túneles realizaban ritos, ofrendas y sacrificios, y todavía en el Santuario se pueden ver pinturas esquemáticas y se han encontrado puntas de flecha y hachas de piedra pulimentada. Al castro   se accedía por una puerta de embudo que hacía muy difícil que pudieran penetrar enemigos o gentes que no fueran bien recibidas por los de dentro.

Viéndolo en la actualidad es  difícil imaginar como fue y lo que representó el castro del Pedroso. Ya  desde la invasión romana, ha sufrido un progresivo proceso de deterioro y destrucción que se aceleró cuando la construcción del primer puente internacional sobre el río Manzanas, al que fueron a parar muchas de las piedras de la muralla que protegía el castro. Ocasión  en la que, además,  se  obstruyeron  los accesos a las cuevas y túneles.  Muchas son las historias de ovejas, perros y otros animales que  habiéndose internado en el recinto desaparecían y a pesar de  la  minuciosa búsqueda que hacían  sus dueños, no fueron encontrados  pero que, pasado un tiempo, aparecían  misteriosamente en lugares muy lejanos  retornando posteriormente a la casa de sus dueños. Todavía quedan grietas que permiten el acceso a algunas cuevas y, se cuenta, que durante mucho tiempo fueron sitio de paso y refugio  de contrabandistas por las que desaparecían, burlando a los  guardias perseguidores, que quedaban perplejos y turbados.

Todas estas leyendas vienen desde tiempos inmemoriales, cuando nuestros antepasados los zoelas, en las luchas que tuvieron por su independencia contra los romanos, vivían en los castros y estos eran lugares de defensa. No  hay que olvidar que los zoelas era un pueblo astur, y que los romanos guerrearon durante muchos años contra cántabros y astures sin poderlos doblegar. Qué pena que no hayamos tenido un Uderzo y un Coscinny que hubieran cantado las hazañas  de nuestros irreductibles alistanos. Hasta el mismísimo Julio Cesar -miliario de San Vitero dixit- visitó  estas tierras y, como ni él fue capaz de derrotar a los indígenas alistanos, los romanos hubieron de firmar un tratado de “Hospicium y clientelae” para  tener la fiesta en paz. ¡Que somos poca cosa los alistanos¡

En aquellos tiempos, en lo que hoy conocemos como Aliste y Tras-Os-Montes, había muchos castros en los que los indígenas se organizaban para defenderse de las invasiones. Estaban tan bien construidos que algunos llegaron hasta la época de las correrías de los bárbaros, fundamentalmente de los alanos, que, haciendo honor a su nombre, destruyeron los pocos que quedaban en pie desde la romanización.

Cuenta la leyenda que muchos de esos castros se comunicaban por túneles loEl monte del Pedroso

El Pedroso es el monte mas mítico de Aliste en el que existe un castro que es uno de los más extensos e inexplorados de los existentes en la comarca. Tiene una altitud de 765 metros y una extensión de unos 3 km2.  En la cima, llamada la Plaina, había una torre de vigilancia de siete metros de diámetro y considerable altura, desde la que se avistaba una gran extensión de terreno. Estaba circundado por una muralla que protegía a la población que residía en las viviendas que había en su interior, en un recinto de más de ciento cincuenta metros de longitud. El monte estaba perforado por cuevas y túneles que facilitaban el ocultamiento y el traslado de los habitantes del poblado. En esas cuevas y túneles realizaban ritos, ofrendas y sacrificios, y todavía en el Santuario se pueden ver pinturas esquemáticas y se han encontrado puntas de flecha y hachas de piedra pulimentada. Al castro   se accedía por una puerta de embudo que hacía muy difícil que pudieran penetrar enemigos o gentes que no fueran bien recibidas por los de dentro.

Viéndolo en la actualidad es  difícil imaginar como fue y lo que representó el castro del Pedroso. Desde la invasión romana ha sufrido un progresivo proceso de deterioro y destrucción que se aceleró cuando la construcción del primer puente internacional sobre el río Manzanas, al que fueron a parar muchas de las piedras de la muralla que protegía el castro. Ocasión  en la que, además,  se  obstruyeron  los accesos a las cuevas y túneles.  Muchas son las historias de ovejas, perros y otros animales que se habiéndose internado en el recinto desaparecían y a pesar de  la  minuciosa búsqueda que hacían  sus dueños, no fueron encontrados  pero, que pasado un tiempo, aparecían  misteriosamente en lugares muy lejanos  retornando posteriormente a casa de sus dueños. Todavía quedan grietas que permiten el acceso a algunas cuevas, y se cuenta que durante mucho tiempo fueron sitio de paso y refugio  de contrabandistas por las que desaparecían, burlando a los  guardias perseguidores, que quedaban perplejos y turbados.

Todas estas leyendas vienen desde tiempos inmemoriales, cuando nuestros antepasados los zoelas, en las luchas que tuvieron por su independencia contra los romanos, vivían en los castros y estos eran lugares de defensa. No  hay que olvidar que los zoelas era un pueblo astur, y que los romanos guerrearon durante muchos años contra cántabros y astures sin poderlos doblegar. Qué pena que no haya habido un Uderzo y un Coscinny que hubieran cantado las hazañas  de nuestros irreductibles alistanos. Hasta el mismísimo Julio Cesar, miliario de San Vitero dixit, visitó  estas tierras y, como ni él fue capaz de derrotar a los indígenas alistanos, los romanos hubieron de firmar un tratado de “Hospicium y clientelae” para  tener la fiesta en paz. ¡Que somos poca cosa los alistanos¡

En aquellos tiempos, en lo que hoy conocemos como Aliste y Tras-Os-Montes, había muchos castros en los que los indígenas se organizaban para defenderse de las invasiones. Estaban tan bien construidos que algunos llegaron hasta la época de las correrías de los bárbaros, fundamentalmente de los alanos, que, haciendo honor a su nombre, destruyeron los pocos que quedaban en pie desde la romanización.

Cuenta la leyenda que muchos de esos castros se comunicaban por túneles lo que facilitaba el traslado de sus habitantes cuando era necesario. Ocasiones ha habido en las que los agricultores, cultivando huertas o tierras, han encontrado utensilios, lápidas, estelas y otras cosas, (mucho se ha hablado de las llares de oro y monedas del Castríco de Rabanales) y que, en alguna ocasión, se han hundido en un cueva, aparecida repentinamente, vacas y arador.

Arausa y  Turian, eran dos mozos zoelas arriscados y empurrisquinos, que no querían estar sometidos a los romanos, quienes  no sólo pretendían dominarlos  sino que  intentaban que les pagasen impuestos, oprimirlos y ser dueños de vidas y haciendas. Ellos fueron quienes organizaron guerrillas con la gente de la comarca y eran tan eficaces en la pelea que Cesar hubo de venir a mandar a sus tropas pero ni aún  él pudo someter a gente tan peleona y conocedora de la tierra. Así que para que no figurara el baldón de vencido en su currículo, Cesar, pretextando que en Roma tenía que resolver  cosas de mucha importancia, se las piró y dejó a Galba encargado del asunto ya que a este le atribuyan  experiencia por haber engañado a los lusitanos que asesinaron a Viriato.

Nuestros antepasados volvían locos a los romanos. Tan pronto les atacaban en la sierra de la Culebra como en la del Marâo, en Villalcampo o en Castro Avelâs, en Rabanales o en la ribera alta del Manzanas donde, en los fornos que había en las márgenes del río, hacían y templaban las armas que utilizaban en las  batallas. Los zoelas eran como los cucos, en un nido cantaban y en otro ponían los huevos, en un lado aparecían y alaciaban  y atacaban por otro. Y los romanos tampoco aquí encontraron a Minuros, Audax o Ditalcos que traicionaran a sus líderes. Como mal menor consiguieron un tratado  que les garantizaba la convivencia en paz, pero que les exigía tratar a los alistanos como ciudadanos romanos. Los seguidores, que eran todos, de Arausa y Turian, conocían  cuevas, túneles y pasadizos   y se movían por ellos como por su casa, nunca mejor dicho. Nosotros, descendientes ignorantes, ya no sabemos movernos por esta tierra con la soltura que ellos lo hacían, sólo sabemos hacerlo por carreteras que además están como están
 Aunque hemos oído decir, como comentaba mas arriba, que alguna vez una oveja, un perro o una vaca metiéndose en una espesura desaparecieron y  fueron encontrados en territorios lejanos y que  existen comunicaciones subterráneas con localidades del otro lado de la raya, nunca lo hemos tomado en serio. Creemos que son leyendas, pero estas no son más que la pura realidad. Todo eso lo sabían muy bien quienes se dedicaban al noble oficio del contrabando, pero ese gremio  siempre ha sabido guardar el secreto. Les iba la vida en ello

FELIZ AÑO

Jesús Barros

domingo, 30 de noviembre de 2014

Vivinera




Vivinera es una localidad legendaria, sus comienzos se remontan a épocas prerromanas. Tiene hacia el suroeste un castro que, aunque lleva los nombres de Pico de la Almena o  Cerro del Moro, nada tiene que ver con los   mahometanos y es uno de los más antiguos y peculiares de la comarca. Construido en los siglos III ó II antes de Cristo -anda  que no faltaba para  Mahoma-  ostenta la singularidad de tener como defensa piedras hincadas, fincones,  en sus laderas, formando círculos excéntricos,  lo que impedía, o al menos hacía muy dificultoso y lento, que los asaltantes pudieran acceder a caballo hasta el amurallado recinto . Ocupa una extensión bastante grande y aun hoy se pueden ver las piedras hincadas y los restos derruidos de la muralla y del torreón. En la localidad  hay una fuente romana     que ha abastecido de agua potable  durante casi veinte siglos  a sus gentes, cosa que viene a certificar que el pueblo ya existía antes de nacer alguno de nosotros.

El nombre, aunque hay teorías que dicen que viene del término VINEM-NIS que quiere decir mimbrera, sitio abundante en mimbres; yo creo que procede de la alocución VICI- NEMEN, que significa ALDEA SAGRADA. Pero no me hagan mucho caso: pues ni se latín, ni tengo idea de semántica ni soy filólogo. Es que esto segundo es  bonito, me gusta más y puede que hasta sea cierto.

Vivinera bien  merece una visita: está a tiro de piedra de Alcañices;  ver el Pico de la Almena, la fuente romana, visitar la iglesia,  que tiene en la pared norte y en el altar mayor  unos magníficos frescos, restaurados recientemente, que cuentan la vida de Santo Domingo de Guzmán, patrono de la localidad. ¡Ah,  y no hay que olvidar que tiene aeropuerto! Esto y charlar con sus gentes justifica un paseo hasta allí. El  aeropuerto  es moderno, pero la localidad tiene tradición aeroportuaria.  Ya  en la década de los años 30 del S. XX. en el pago del Cerrado aterrizó un aeroplano que pilotaba uno de la villa apodado el Inglés y, creo recordar que veinte o treinta años después, volvió a aterrizar otra avioneta en el mismo sitio. Según  cuentan, hace pocas fechas otra vez  también una  avioneta aterrizó en el Cerrado, sorprendiendo a unos deportistas que jugaban al golf en Sahú, a quienes preguntaron los ocupantes si en las proximidades había una gasolinera. O sea que lo del aeródromo no es ninguna tontería, para eso está el de Castellón.

La gente de la localidad es amable, acogedora, esplendida,-recuerdo con nostalgia las invitaciones del día del rosario y las cenas  en casa de la Emilia, ¡aquellos pollos de su corral guisados  al pote!- a pesar de la fama que le otorgan los dichos, que manifiestan que son gentes arriscadas, osadas, temerarias. Para definirlas se dice que: son de la Quinta de los Picadeiros. Pero  este apelativo  es por algo,  no viene a humo de pajas, tiene su historia y allá va:

Francisco Mendes de Vasconcelos, fundador del mayorazgo de la Torre, en el lugar de Carreira dos Cavalos, era señor de la freguesia (que fue parroquia en los inicios del reino de Portugal)  dos Picadeiros, quinta  que está cercana a la localidad de Vimioso.  Pues bien, este señor se fue para Salamanca donde se casó con Inés Taveira de Figueroa el año 1480 y, como tampoco en aquella época se debía vivir mal en esa ciudad, allí se quedó.  En Salamanca estuvo hasta 1493,  año en el que decidió retornar a Vimioso, no se sabe si por añoranza de su tierra, cosa poco probable, los portugueses siempre han sido muy viajeros, o bien por  necesitar dinero para poder seguir disfrutando de la gran vida que llevaba en la  universitaria ciudad. 

Al llegar a Vimioso reclamó a los habitantes de Picadeiros  los foros que estos no pagaban   desde que de allí se había ausentado; a lo que aquellos se negaron. Un día, el tal Francisco, bajo el pretexto de ir de cacería, apareció en la quinta acompañado de sus criados y amigos, siendo recibidos a tiros por los arrendatarios que mataron a dos de los acompañantes de Francisco. Los componentes de la cuadrilla de cazadores  cargaron contra los de Picadeiros,  matando  a cinco e hiriendo a muchos.

Francisco Mendes de Vasconcellos escapó ileso de la batalla y se fue a ver al rey  para contarle  lo sucedido, reclamar sus derechos y, para hacer mas fuerza en la petición y conseguir el apoyo real, ofreciose para servir en la armada que se estaba formando en Portugal  para ir a tomar Ceuta.

El rey Don Joâo II acepto la oferta, partiendo Mendes de Vasconcellos  para África el 2 de marzo de 1494. El  rey envió a Joäo Bernardes da Silveira, canciller de Porto, para Picadeiros, donde llegó el 28 de marzo con  fuerza militar suficiente para realizar la labor que le habían encomendado, que era la de castigar a los arrendatarios y reintegran la posesión a Francisco. Joâo cercó la población y prendió a los cabecillas de la rebelión: Antonio Duarte;  su hermano Chico Duarte;  Joâo da Costa;  Pedro Nunes Furâo; Antonio Rilhado; Domingos Anes;  Joâo Fernandes Picalho; Antonio Esteves; y Francisco de Almeida Bailâo.  En la orden de detención figuraban más, pero consiguieron huir.

El 16 de abril los presos fueron atados a esteras sujetas a caballos y de esta guisa les dieron tres vueltas alrededor de la plaza y del pelourinho de Vimioso. Después, en procesión y exhortados por dos sacerdotes, los llevaron a la capilla de Nossa Senhora dos Remedios donde se celebró una misa en la que platicó un sermón el sacerdote Antonio Pimentel. Los detenidos fueron posteriormente llevados hasta el alto do Sardoal, enfrente de la población de los Picadeiros. Allí habían levantado tres horcas, y allí fueron  ahorcados   los prisioneros, a excepción de Francisco Duarte y Antonio Esteves.

A los siete ajusticiados les cortaron las cabezas. Las de Furâo y Bailâo fueron clavadas en altos postes  en la localidad de Picadeiros y los otros quedaron en las horcas hasta que el tiempo  las consumió.

Los habitantes supervivientes de la Quinta huyeron aterrados para Aliste y se establecieron en Vivinera y en Castro Ladrón, que así era como se llamaba entonces el pueblo que hoy es Castro de Alcañices.

Esta es la historia, así nos la cuentan Francisco Manuel Alves y Adriâo Martins Amado en el libro: Vimioso, notas monográficas.

Jesús Barros

 

sábado, 15 de noviembre de 2014

La capitana y La francesada


La capitana

El pago que en Alcañices lleva este nombre es el que se encuentra entre el Alto del Castro  y el Llamerón,  justo donde nace el agua de Pozal, inicio del Chapardiel. Es un espacio pequeño en el que, aunque ahora casi todo esta de adil o pradera, con paredes caídas y silvas  por todas partes, en otros tiempos todo eran huertos cultivados con mimo, con paredes que los delimitaban perfectamente construidas. Y las fuentes, madres del riachuelo, se juntaban en una poza donde se criaban negros cangrejos autóctonos.

 El nombre de jerarquía militar de este pago  tiene su razón:

Durante los primeros tiempos de  la invasión romana, Aliste, que nunca  dominado por completo, fue escenario de escaramuzas y  sitio de paso de las legiones romanas que pelearon en las guerras contra cántabros y astures. Cuentan que la Legio VII Gemina estableció un campamento en Brandilanes, y en muchos pueblos alistanos existen infinidad de restos del paso por  estas tierras de los ejércitos del mas poderoso imperio de la antigüedad (Cesar estuvo aquí). El personaje más conocido de las guerras de los hispanos contra el ejército romano es Viriato, nacido, según la leyenda, en el sayagués Torrefrades. Pero  también  hubo alistanos  que pelearon en sus guerrillas, de casi todos hemos olvidado el nombre, y que colaboraron de manera importante a que el occidente de Iberia no fuera nunca una colonia romana. Entre los alistanos que lucharon contra el imperio   destacó    Lavara, nuestra Capitana.

Los alistanos de entonces, los zoelas, vivían dispersos en la multitud de castros  que había en la comarca, situados  siempre en sitios que fueran fáciles de defender y cercanos a vegas productivas. Lavara  habitaba  en el sitio que se conoce como el Alto del Castro, que servia de vigía de todo  Sahú y de los valles que naciendo de él, bajan hacia el pueblo.

La gente que habitaba el lugar vivía tranquila y holgadamente  de la ganadería, que pastaba en el próximo el cercano valle de Sahú, y del cultivo de la fértil tierra  de los alrededores. Pero llegaron los romanos y exigieron   los frutos de la tierra, carne para comer y, en cuanto se descuidaban los indígenas, esto sin pedirlo, mozas y en algunos casos mozos, para folgar con ellos. Lavara, que era la mas solicitada, no consintió en estos trueques y se lanzó al monte. En connivencia con gentes de los castros de la comarca hicieron una cuadrilla, guerrilla o banda,  que dirigida por ella puso en jaque a las tropas romanas. Los guerrilleros, conocedores del terreno y amparados por la abundante vegetación, atacaban a los invasores en las circunstancias y lugares  mas inesperados, sacando siempre los alistanos ventaja  en todas las batallas contra  los romanos.

Enterados de que al otro lado del gran río, Dur para los indígenas, Durii o Durius para los invasores, otros vaceos de Sagia luchaban también contra los mismos enemigos, se pusieron en contacto con ellos. Aunque formaron  parte de las huestes de Viriato y participaron en la lucha, nunca se fusionaron   con ellos, siempre fueron cuerpo guerrillero autónomo. Después de que los compinches del Sayagués (1) le traicionaran y las guerrillas se dispersaran, los acompañantes de  Lavara retornaron para Aliste. El prestigio adquirido por esta en las batallas como gran luchadora y por las dotes de mando que demostrara, hizo que por todo el territorio la conociera    por el sobrenombre de la Capitana.    

Quienes formaron la cuadrilla de Lavara se instalaron en el Castro, lo reconstruyeron y fortificaron. Ese territorio pasó a ser lugar inexpugnable y mítico para los habitantes de los demás castros de la comarca y las tierras que dominaba fueron conocidas desde entonces y para siempre como “las de la Capitana”.

 

Jesús Barros

 

 

 

 

 

 

La francesada en Alcañices

Soy natural de Alcañices

Habito  en los barrios bajos

En el número 14 de la calle de los pájaros.

Allí viven: El Cuco, la Carriza, el Bubillo

Y un pájaro de colores que le llaman el Lorito.

 Era su manera de presentarse.

Estos versos los escribió el alcañizano el Cuco para una de las fiestas de carnavales que se celebraban en la villa allá por los felices años veinte. Utiliza los apodos de algunos que, como él, vivían en la  misma calle,  tenían motes  de nombres de  pájaros, y para que no se enfadaran, aunque no era habitual que alguien se ofendiera por que le llamaran por el apodo ya que era la manera habitual de dirigirse y distinguir a los convecinos, se pone él el primero. Excepto el último, que  el apodo era  resultado de que tenía el pelo rojo, los ojos azules, pecas y otros matices, los otros llevaban  apodos de nombres de pájaros frecuentes de la comarca, debido a que alguno de sus ascendientes había nacido en el monte durante la invasión francesa.

 

El general francés Croix se presentó en Alcañices con un numeroso  ejercito, y sorprendió en la cama al  general Echevarria que estaba al mando de la fortaleza,   y se apodero de la villa. Los franceses, que  fueron como  el caballo de Atila,  aunque creo que me he quedado muy corto. No  dejaban cosa de valor a su paso, se apoderaban de todo lo de lo que mereciera la pena y lo que no les era útil lo destruían. Durante su estancia  ocuparon el convento y la iglesia de San Francisco; lo usaron como cuadra,  expoliaron cruces, objetos sagrados y obras artísticas. Utilizaron el hospital de San Nicolás como cuartel y lo dejaron de tal manera que desde entonces yo no pudo dedicarse jamás al fin para el que fue edificado.  La Alhóndiga quedó  inservible para su función y gran parte del pueblo quedó arrumbado. En Alcañices las tropas francesas no estuvieron  mucho tiempo, sólo el necesario para que los soldados descansaran y se repusieran, pero de las consecuencias de su estancia la villa tardó mucho en recuperarse. Aliste, y mas concretamente Alcañices, era refugio de las cuadrillas de guerrilleros que operaban en la comarca contra los franceses, entre ellas la de Tomás García Vicente y, para que no pudieran ocultarse en el pueblo, los galos  utilizaron aquí la política de “tierra quemada”.

Ante el acoso del ejército francés, mucha de la gente del pueblo tuvo  que abandonar sus viviendas y refugiarse durante el tiempo de la ocupación en los montes de los alrededores.  Entre las que huyeron, estaba la familia de la abuela del Cuco, el versificador en festejos de carnavales en los que, en tono humorístico, se contaban los hechos  merecedores de crítica que habían sucedido en el pueblo durante el año. Esta señora  dio a luz en el Majadalón al padre de nuestro vate, a quien pusieron el Cuco, apodo que heredó su hijo, que  fue el autor de versos muy famosos en su tiempo. Alguno  aún se conserva en papeles y en la memoria de los que los hemos oído a nuestras familias. P.e. estos que cuentan:

La Burralla caprichosa

en sacrificios se aferra,

y a todo trance se obstina

que la nombren de  Guerra.

 

Genoveva va a fomento

y la tía Ana a Marina,

porque cuenta con Tomasa

de Secretaría interina.

 Eran  algunos de los que describían la formación de un gobierno en el “estado” de Alcañices.

 También hacía crítica de las cosas que la merecieran: como  el pueblo  no era un dechado de limpieza, en una de sus composiciones utilizaba para criticarlo el casamiento de mi abuelo Antonio Barros

“Por la calle  labradores/ ya no se puede correr.

Que  han llegado los Barros/ hasta casa de Isabel”.

El nacimiento de gente en el monte y, otra vez más, la destrucción del pueblo, fueron alguna de las consecuencias de la francesada, también de la curiosa historia que sigue:

 En Alcañices está enterrado Pablo Muñoz de la Morena, héroe militar de la guerra de la Independencia que también participó en la guerra de la Naranjas (recibe este nombre debido a que Godoy, Príncipe de la Paz, para celebrar el triunfo conseguido en las “grandes” batallas que libró contra los portugueses, envió un ramo de naranjas de Elvas a la reina María Luisa.) y en la de la Independencia  en la batalla de  Bailen, a las ordenes del general Castaños, primera que perdieron los de Napoleón, en la que mereció el reconocimiento de héroe y fue condecorado como tal por el más deseado de los reyes, el glorioso Fernando VII.

Don Pablo era del Toboso, como Dulcinea, donde había nacido en 1769, y vino a morir en Alcañices, donde vivía uno de sus hijos, en 1848.  

 

   Jesús Barros

jueves, 25 de septiembre de 2014

La Alfarera




De cantares y coplas tengo un botijo

Cuando quiero cantar, tiro del pito

Popular

La alfarería es un oficio o arte, que realizan los humanos desde los albores de la humanidad. Empezaron a ejercerlo cuando  descubrieron que mezclando tierra y agua  conseguían una masa consistente que se podía modelar para hacer  útiles que, una vez tratados con  fuego, valían para contener líquidos, conservar y almacenar alimentos: embutidos, manteca, aceite, castañas, etc. Utensilios que  mantenían todo fresco y terso durante mucho  tiempo y que,  incluso, servían para cocinar. En todas las excavaciones que los arqueólogos efectúan, siempre encuentran restos de vasijas que fueron elaboradas por miembros de civilizaciones antiquísimas, hechas con perfección y belleza no superada en la actualidad.

La alfarería en Moveros, única actualmente perviviente en Aliste,  se viene efectuando desde épocas prerromanos. Las mujeres zoelas, en Moveros esta actividad siempre la  realizaron las mujeres,  hacían  cántaros, barrilas y pucheros con la porosa arcilla que existe en los barredos de la localidad. Los hombres cavaban, cribaban, preparaban y llevaban el barro a los alfares, hacían la cocción en los hornos e iban  a las ferias a vender los “cacharros”. Pero quienes  han hecho la labor de levantar el barro y darle forma en los  tornos, siempre han sido las mujeres.

Y esto es lo que cuenta la leyenda de cómo las mujeres de Moveros adquirieron la capacidad de crear objetos en barro, llegando a conjugar perfectamente utilidad y belleza:

Una niña moverina observaba todos los días como trabajaban el barro las mayores. Miraba  las cosas que hacían, sabía la utilidad de cada una de las piezas que salían de los alfares y hasta ella misma cogía de vez en cuanto una pella de barro, la echaba en el torno y trataba de levantarlo para hacer una vasija. Pero las cosas que  creaba no llegaban al horno, nunca estaba conforme con lo que salía de sus manos,  aspiraba a realizar algo bello y  aquel amasijo que puso sobre la tabla no se transformaba en el objeto que ella veía con su imaginación.  Cinnia, hermosa, que ese era el nombre de la joven y su significado, soñadora, romántica, creadora, artista inquieta, siempre buscaba la belleza. Pretendía que todo lo que la rodeaba fuera armonioso. Pero  las necesidades vitales no permitían  a las gentes otra cosa más que pensar en la supervivencia, en el día a día. Tampoco en aquellos tiempos Aliste era la Arcadia feliz.  

La niña subía a menudo hasta el alto de la Luz, telúrico lugar sagrado en el que los habitantes de los castros desperdigados por las inmediaciones iban a comunicarse con los dioses y solicitar su atención. En aquellos tiempos los dioses, en el Olimpo cuando no había grandes intrigas también se aburrían, se acordaban de los terrícolas  y tomando figura humana, bajaban a la tierra para ver cómo les iba a sus habitantes, y así se olvidaban de sus confabulaciones internas, alimentaban su ego, concedían pequeños favores  a los humanos y regresaban a disfrutar de los prerrogativas que su paraíso les ofrecía.

Una de las veces Cinnia se sentó a la sombra del menhir que existía en el alto, algo así como una antena que en  la  cima apuntaba a  los cielos y ponía en contacto a los terrestres con los dioses, y alisando un pequeño espacio de tierra, se puso a dibujar cántaros y barrilas, todavía  no existía  la palabra diseñar, soñando en poder materializarlos algún día en barro con la belleza y utilidad que imaginaba y que no  sabía cómo plasmar. Tan ensimismada estaba en sus sueños que no se dio cuenta de la presencia de alguien que desde hacía un buen rato, la observaba calladamente. Interesada en la actividad de la muchacha la  visitante, que no era otra que Atenea, diosa de las artes y de los oficios, hija de Zeus, que por encargo de este vistió y adornó de joyas a Pandora para que sedujera a Epimeteo,  preguntó a la niña:

        Que es lo que absorbe tanto tus pensamientos que impide que veas lo que tienes a tu alrededor.     

        Mis padres trabajan el barro, hacen cacharros que sirven para cocinar, almacenar alimentos y contener agua, pero yo sueño con hacerlos más útiles, más bellos, más perfectos. Los veo en mi imaginación, los dibujo en la tierra, pero no sé como llevar eso a la práctica y transformarlos en reales.

        He bajado del Olimpo para ver como sois los que pobláis esta tierra. Creía  que erais groseros, toscos y que no estabais interesados más que en la supervivencia. Es una sorpresa descubrir que tenéis inquietudes, que apreciáis la belleza, que os interesan cosas más allá de mera conservación de la especie.

        La vida en la tierra es tan dura que exige una entrega casi total, pero si sabemos apreciar las cosas bellas.

        Esta no es la primera vez que  tengo relación con vosotros los humanos, aunque nunca me preocupé de vuestros anhelos. Veo tus inquietudes y quiero que puedas realizar tus deseos, satisfacerte y, haciendo algo útil y beneficioso para los humanos, justificar mi estancia entre vosotros. Dime cuáles son tus deseos y te los concederé.

        Sólo te pido que pueda hacer objetos de barro tan bellos como los que imagino.

        Te concedo ese don. Desde ahora tú y todas las mujeres de tu localidad podréis realizar  en barro lo que imaginas en los sueños. Creareis cántaros, tinajas, barrilas y botijos, que serán los más bellos y útiles que nunca se hayan visto.

Cinnia se puso contentísima y preguntó que cual era lo que tenían que dar a cambio del don que les otorgaba.

Atenea, después de pensárselo un poco, contestó: ves que os otorgo a ti y a todas las mujeres de tu pueblo,  la capacidad de crear objetos en barro bellos, útiles, ligeros y  manejables. Pero  para   lograrlo os pongo una condición; tendréis  que realizar el trabajo  de rodillas. Así  siempre os acordareis que es la concesión de una diosa y que a los dioses siempre  se les reza de hinojos.

La niña fue para casa e inmediatamente pidió a su padre que le hiciera un torno que, puesto sobre el suelo, girara con facilidad. Se arrodilló, echó en la tabla una pella de barro,  y alternando el dar vueltas al torno con las manos con modelar la pella,  trasladó al barro  todo aquello que antes solo veía en su imaginación.   

Desde entonces en Moveros se hacen los cántaros tan bellos, su diseño es admirado y estudiado por etnógrafos, ingenieros, artistas, diseñadores y científicos que, ni aún hoy, con los más avanzados aparatos que la robótica ofrece, han conseguido superarlos. Tienen la medida justa para portearlos al hombro, en la cadera o en las aguaderas que se ponen a las caballerías,  sin que, a pesar del “chacolleo”, se derrame el agua. Son perfectos para verter su contenido a un vaso, tanto durante el transporte como ya depositados en la cantarera. Tienen la porosidad necesaria para conservar el agua a la mejor temperatura. Son ligeros a más de  fuertes y, aún rotos, siguen siendo útiles. Su final fue siempre hacer de tiestos para las plantas.     

Atenea, aunque sin identificarse, sigue visitando a quienes otorgó ese privilegio de creación y nunca se ha arrepentido de la concesión que hizo en el mágico teso donde hoy se venera a Nosa Senhora da Luz, en el que en días lejanísimos Cinnia acudía a soñar y, posteriormente, a dar gracias a aquella diosa que les concedió tan grande privilegio

Y como se canta en las jotas:

Allá va la despedida,

La que echan los cacharreros

Aquí tropiezo, aquí me caigo

Se jodieron los pucheros.