martes, 28 de abril de 2015

El Tesoro



Las leyendas de tesoros son frecuentes en todos los pueblos alistanos. Raro  es el sitio donde no se cuentan historias de hallazgos de monedas, de vasijas conteniendo tesoros o, como es el caso de Rabanales, de la aparición de unas llares de oro cuando excavaban en una finca para hacer un pozo. Todas estas  cosas se le atribuyen generalmente a los moros aunque lo que se ha encontrado haya sido en castros y sea de época prerromana o romana. Aquí los moros, como casi todos los que han estado de paso en estas tierras, si han hecho algo es llevárselo, que dejar han dejado bien poco.  

En la Villa se cuentan varias historias de tesoros escondidos en  grutas, altos y cuevas. Sí, aunque parezca raro, la leyenda que tiene más visos de ser cierta es la del Alto de la Horca. A este telúrico lugar  siempre se le llamó el Alto del Tesoro o el Castro del Tesoro, que es  sitio que transmite una energía que procede de las profundidades de la tierra y sale a la superficie a través de las grutas sobre las que se asienta: Peña Cueva, el Pingón, la peña de  los Judíos y el Chapardiel, que enmarcan el otero de la Atalaya.

El Alto del Tesoro, también conocido como Alto de la Horca, es un monte  que fue muy protegido en los tiempos en que Alcañices era lugar estratégico, antes y después de que Portugal fuera reino. Todos los pueblos que por aquí pasaron, con más o menos prisa, procuraban posesionarse del Alto. Unos, porque desde allí se dominaba la localidad y otros, los que no venían a quedarse,  porque era el lugar desde el que los druidas  se comunicaban con los entes conocedores de las energías telúricas que provenían de  la tierra, era un lugar iniciático. Alcañices, que siempre fue localidad importante y con poderes, perdió su categoría desde el momento que convirtió este lugar mitológico en basurero. El Alto se venga desposeyendo a la villa, no solo de su fuerza y  potestades, sino también de las posibilidades de futuro como entidad importante hasta que no limpien todo y puedan volver a fluir las fuerzas telúrico-magnéticas que de él emanaban en otros tiempos.

En alguna ocasión he contado la historia del viejo y sabio peregrino que llegó a Alcañices y dijo que en las inmediaciones del pueblo había un gran tesoro. Hay que recordar que este señor se alojó en la Quinta, de donde desapareció misteriosamente; que de la Quinta se cuenta, y los restos arquitectónicos que aún hoy allí existen lo confirman, que era un lugar de recreo y meditación de los templarios; que los templarios fueron señores de la villa hasta varios años después de la desaparición de la orden  y de su famoso tesoro; que el tal tesoro, que se sepa, no ha aparecido; que la villa fue una de las bailáis mas importantes de los reinos de León y Castilla; que los templarios se refugiaron en Portugal y fueron parte importante en el engrandecimiento del país vecino al que transmitieron sus conocimientos; que todos los reyes portugueses trataron de apoderarse de la villa y removieron sus cimientos en mas de una ocasión; que por aquí, al ser camino de Santiago, no necesita ser  justificado el paso de gentes con conocimientos esotéricos que vienen buscando señales. ¿No será que es un sitio estratégico o con “tesoros” y que a quienes no poseemos  conocimientos se nos escapan?

Mucha es la investigación  arqueológica que habría de realizarse. Dentro la Villa conserva restos de edificaciones, pero sobre todo de cuevas  y túneles que si se exploraran nos revelarían secretos e historias y, quién sabe si objetos, “tesoros”, de valor material e inmaterial incalculable. En la Quinta, hermosa finca de recreo de los Templarios, aún es perfectamente apreciable gran parte de una bóveda realizada en piedra de granito meticulosamente ensamblada. Nombres como el Trincherón ó la Estacada, nos hablan de fortificaciones muy anteriores al Medievo. Hasta hace muy poco creíamos que  Alcañices era una localidad en la que nunca había sucedido nada relevante, pero  aquí vinieron reyes, obispos, órdenes religiosas y personajes que ocupan muchas páginas en los libros. El cardenal Guido, personaje que aparece en la novela el Nombre de la Rosa, fue el legado pontificio que vino aquí  parta solventar las discrepancias que había entre el clero secular y los templarios. La bella Ana Henríquez, hija  del primer marqués, es protagonista en el Auto de fe que nos relata Miguel Delibes en el Hereje.  Alfonso X, María de Molina, Don Dinís, su mujer santa Isabel de Portugal, Fernando IV, Guzmán el Bueno (aquel que en Tarifa, entre su hijo o la ciudadela, prefirió la ciudadela) Juan Carlos I,  Jorge Sampaio, son algunos de los muchos personajes que aquí se llegaron. Relacionar a todos sería muy pesado.

 Hijo de la villa fue Martín Henríquez, virrey de México y del Perú y también Fray Alonso de Alcañices, que fue uno de los primeros españoles en la Ciudad de los Ángeles, la actual Lima, fundador del primer convento franciscano que hubo en Suramérica, miembro de los famosos Doce Apóstoles de la provincia del Perú. Era un taumaturgo, curaba  a los enfermos, levitaba, las sagradas formas hacían coronas alrededor de su cabeza y era venerado como santo. La próxima leyenda contará su historia.     

Jesús Barros

miércoles, 8 de abril de 2015

Alcorcillo



El pueblo, aunque pequeño, siempre ha tenido relevancia y peso especifico en la comarca. Muy importantes y celebrados eran los rosarios, San Antonio y Santa Colomba. Fue el primer sitio de la provincia donde actuaron los, entonces ya famosos, Celtas Cortos. Sus habitantes son trabajadores, abiertos y, aunque no siempre pertenecieron  municipalmente a la Villa, tradicionalmente esta ha sido su principal localidad de relación y de trabajo. Aunque, como es habitual en la comarca, todos se dedicaban a la agricultura y a la ganadería, la  gran mayoría tenía una especial habilidad para hacer pared y muchos, en el tiempo que se lo permitían   las labores del campo,  trabajaban en la construcción.

Nuestro personaje era uno de los más notables de la localidad: Inteligente, instruido, gozaba de gran prestigio en la comarca, creo que hasta era de izquierda republicana, tenía muchos amigos y era algo así como el consultor y consejero a quién todos acudían cuando había problemas que resolver.  Conocedor del medio en que vivía, era un mago o al menos nombre de eso llevaba, aunque, hay que resaltarlo, de rey,  disfrutaba de  gran conocimiento y habilidad para ejecutar funciones como: injertar árboles, detectar corrientes de agua, castrar abejas e infinidad de cosas más. Gran amigo de mi abuelo Barros,  todos los años, a primeros de setiembre, acordaban el día  de recoger la miel que producían las cuatro  colmenas que este tenía en la huerta de Valdesejas. El  protagonista de esta historia llegaba a la finca acompañado del Mudo, del ti Hipólito y algunas veces del ti Felipe Calabazo, otro gran  especialista en esas cuestiones, aunque no tanto como aquel. 

Después de los saludos de rigor, el grupo se disponía a realizar la labor con la herramienta necesaria y unas “buestas”- bostas o  boñigas-  de vaca, secas, que quemaban en las proximidades de las colmenas para marear a las abejas , unos cubos para depositar los panales,  un gancho y un corte para separarlos. El protagonista, arremangado y sin protección alguna en la cabeza, ejecutaba la operación. Una vez acabada, recolocaba los corchos, ordenaba los enjambres  y dejaba todo en condiciones para que las abejas siguieran haciendo su trabajo de producción de aquella exquisita miel de la que tanto gustábamos y aprovechábamos toda la familia.

Una vez concluidas todas las operaciones, se lavaba y se quitaba con sus propias manos los aguijones de brazos y cara que alguna  abeja había    osado clavar en su piel. Nunca sufrió la más minima  hinchazón,  molestia o problema causado por las abejas. Poquísimas le picaban y las que lo hacían  era como si lo vacunaran. Tanto era así que alguna vez en casa del Ti Pichetas, cuando los asistentes estaban distraídos jugando a las cartas, levantaba la gorra y aparecían revoloteando por la taberna las abejas que había  traído debajo.

Pero vamos a dar significación al título de esta historia. Nuestro hombre ejercía de  sacristán del pueblo casi desde que tuvo uso de razón. También había  tenido  un periodo como monaguillo  y se ocupaba de todo lo concerniente a la iglesia así como ayudar a misa y a dar los avisos y llamadas que se hacían con las campanas. El sacerdote, que llevaba muchos años de párroco en la localidad, era gran aficionado a la caza y dedicaba a esa actividad gran parte de los días en que estaba permitida, bueno, y también algunos de los que no estaba  (en pueblo había muchos furtivos. Alguno posteriormente se hizo guardia civil y era el mayor perseguidor de ellos. Hizo bueno lo de que: no hay peor cuña que la de la misma madera)   y dejaba en manos del sacristán todo lo concerniente al mantenimiento de la iglesia,  el rezo de novenas y rosarios y otros actos litúrgicos menores.

Era el jueves anterior al Viernes de dolores y, como correspondía, tocó a confesar. Al  poco tiempo apareció en la iglesia la novia de nuestro amigo. Pasó un largo rato y el párroco, que seguramente estaba entretenido siguiendo  a un bando de perdices y se había olvidado del asunto, no aparecía por parte alguna. (In illo tempore, como mandan los mandamientos de la iglesia, era obligatorio confesar una vez al año y comulgar por Pascua Florida). Nuestro protagonista, que era un “enredador”  y sabía muy bien cual era la forma de actuar del sacerdote, pensó que una buena manera de enterarse de la autentica personalidad  de su futura era hacerse pasar por el cura y confesarla. Como no era previsible que el párroco  apareciera, estaba casi la tarde pasada,  las ventanas no dejaban pasar mucha luz, en aquellos tiempos todavía no había iluminación eléctrica, la iglesia, sólo alumbrada con la lámpara del Santísimo, ofrecía todas las posibilidades para introducirse en el  confesionario y no ser  reconocido por quienes en ella estaban. Así que pensado y hecho. Se  puso una sotana, el amito y la estola;  se metió en el confesionario, emitió un ligero carraspeo, dio unos pequeños golpes con los nudillos en la madera de la puerta y se acerco la mujer, su novia. Después  de que esta dijera el protocolario Ave María Purísima y él el preceptivo: “cuanto tiempo hace que no te confiesas”,  empezó el sacramento. Lo que no se es la penitencia que la impuso al terminar.

Cuando acabó la de la novia, se fue del confesionario.

 

A los amigos de mi segundo pueblo de la infancia.

Con cariño.

Jesús barros

He recibido mensajes de nietos del protagonista que hacen  que estas historias que escribo tengan sentido. El agradecido soy yo por vuestra generosidad y bonhomía. Ahora me atrevo a revelar el nombre aunque los iniciados lo descubrirían a la primera. Si digo que era un mago y llevaba nombre de rey, no podía ser otro que el Sr. Melchor.
 

domingo, 1 de marzo de 2015

PEPE ALCAÑICES


Quizás el más popular de quienes hasta la actualidad han ostentado el título de marqués de Alcañices sea José Isidro Osorio y Silva-Bazan (4-8-1825) quien, a pesar de ser titular de cuatro ducados, entre ellos el de Alburquerque y el de Sexto y otros dieciséis títulos nobiliarios más, pasó a la historia como Alcañices o Pepe Alcañices. Personaje que en la película “Donde vas Alfonso XII” fue encarnado por el actor Tomás Blanco.

Pepe fue alcalde de Madrid de 1857 a 1864 y buen alcalde, consiguiendo que, durante su mandato, la ciudad pasase a ser más limpia y habitable. Prohibió que los cerdos circularan por la calle comiendo basuras y desperdicios - era una concesión que tenia una orden religiosa de la que ahora no recuerdo su nombre -  y puso  urinarios públicos gratuitos en las calles. Para evitar que la gente hiciera sus necesidades escatológicas  en las vías publicas y se acostumbraran al uso de las letrinas,  colocó en lugares muy visibles unos bandos prohibiendo orinar en la calle  e imponiendo a quien lo hiciera la multa de 20 pesetas-enorme para aquellos tiempos-. Al día siguiente de la publicación de los bandos, aparecieron escritos bajo ellos unas coplillas anónimas que decían:

¿Cuatro duros por mear? / ¡Caramba, que caro es esto! / ¿Cuanto cobra por cagar el señor duque de Sexto?

 Nuestro marqués se enamoró  de Francisca Portocarrero, quien luego se casó con el duque de Alba y, que paradoja, del marqués estuvo muy enamorada, tanto que al no sentirse correspondida intento suicidarse, la hermana de Francisca: Eugenia de Montijo, que después fue emperatriz de Francia (Concha Piquer, en la copla Eugenia de Montijo, canta algo sobre esto). Pero nuestro personaje se casó en 1857 con la princesa rusa Sofía Troubetzkoy que, según cuentan las malas lenguas, era hija del zar Nicolás I y viuda de un medio hermano de Napoleón III, marido de Eugenia -que líos de familia-, y que aportaba al matrimonio cuatro hijos. Esta mujer era muy bella, con mucha personalidad y muy rica, y rápidamente lideró a  las damas de la nobleza madrileña. 

Pepe Alcañices sostuvo económicamente el exilio de Isabel II, para lo que le mantuvo abierta permanentemente una cuenta con 500.000 reales, y pagó la educación de Alfonso XII en colegios de Francia y Suiza. Todo ello representó un gasto de 20.000.000 de reales, lo que le supuso la ruina económica y como consecuencia la necesidad de vender  su patrimonio. Empezó  por el palacio que tenía en Madrid en la calle de Alcalá, vendido  por 3.187.500 reales en marzo de 1882 (lugar donde se ubica el banco de España), el ducado de Sexto e infinidad de otras posesiones.

A pesar de los famosos tres jamases de Prim, el marqués logró que los Borbones volvieran a reinar en España. Convenció a Isabel II para que abdicara y cuando esta firmó la abdicación, la reina llamó al futuro rey y le dijo: “Alfonso, dale la mano a Pepe que ha conseguido hacerte rey”. Pepe Alcañices y su mujer, al tener mucha ascendencia con la nobleza, hicieron difícil la vida de Amadeo  de Saboya y de su esposa. Conspiraban,  los  ignoraban, no asistían a las recepciones reales e hicieron todo lo que estaba en su mano para que los demás nobles tampoco asistieran.

 La Troubetzkoy lidero la “Rebelión de las mantillas”, hecho que consistió en lo siguiente: pidió a las damas de la nobleza que salieran  en sus carruajes por el paseo de coches del Retiro y por la Castellana ataviadas con mantilla, prenda que  estaba ya en desuso, y adornadas con la flor de lis de los Borbones. Todas sus leales y otras por emulación lo hicieron durante los días 20, 21 y 22 de marzo.  La  reina, que creyó que eso era la costumbre, dijo: “mañana vendré yo también con mantilla”. Las damas de la nobleza, al saberlo, acordaron no salir al paseo. Al enterarse del asunto Manuel Zorrilla, a la sazón jefe de gobierno, contrató a gente del espectáculo y a prostitutas con el fin de ridiculizar a la nobleza que secundaba a la marquesa, pero le salió mal la jugada, pues quien se sintió corrida y ridiculizada fue la reina, que se  cabreó mucho, se marchó al poco tiempo para Italia, y convenció a  Amadeo para que renunciara al trono poco después.

Hay otra una curiosa historia de la marquesa Troubetzkoy  y es la de que fue la introductora en España de la costumbre de poner Árbol de Navidad en las casas.  Lo puso en su palacio las navidades de 1870, primer año del matrimonio, y, como tenia deslumbrados por su belleza y maneras a la nobleza, todos la imitaron, y hasta hoy.

El marqués no tuvo nunca buenas relaciones con María  Cristina,  segunda esposa de Alfonso XII, que le acusaba de ser el causante de la vida un tanto disoluta del rey. La reina, cuando enviudó, le acusó de que se había aprovechado de dinero del reino, un infundio para desprestigiarle (como cambian los tiempos) y aquel, también viudo,   mayor y sin ánimo para defenderse, se retiró de la vida pública.  Falleció  el 30 de diciembre de 1909 siendo sustituido en el marquesado de Alcañices y demás títulos por su sobrino Miguel Osorio Martos, ya que no tuvo  descendencia directa.

domingo, 1 de febrero de 2015

Pepe Pinto




José Torres Garzón, más conocido como Pepe Pinto, fue un gran  cantaor, payo por más señas, muy popular  en los años cuarenta /cincuenta  del S. XX, que en Alcañices tenía muchos admiradores. Miguelista y los hermanos Araujo Juan eran de los más destacados. Pero  de esto ya he escrito en el libro Casa Barros. Tenía  compañía propia y  en Zamora, en el teatro Ramos Carrión,  era de los artistas que no podían faltar  durante las ferias de septiembre. Estaba casado con Pastora Pavón, la Niña de los Peines (sobrenombre que le pusieron porque de niña cantaba un tango que se titulaba precisamente: los peines) que pasaba  por ser una de las cantaoras gitanas mas cabales de todas la épocas. Pues bien, estos dos artistas, mediada la década de los cuarenta, pasaron una noche de cante grande en Alcañices

Y esta es la historia:

Por una serie de razones que no vienen al caso, Pepe Pinto y el señor Cordero,  dueño en Zamora del bar de su mismo nombre que estaba  en la  placita donde la calle de la Feria desemboca en la avenida homónima, eran muy amigos y, este y su mujer, la señora Isabel, eran, a su vez, también muy amigos del matrimonio  formado por  María Gago y Antonio Barros. El señor Cordero, que era muy popular, es uno de los personajes que figuran en la gran novela de Tomás Sánchez Santiago, CALLE  FERIA.

María y Antonio, como era obligado entonces, fueron a pasar un día  de la feria de setiembre a Zamora y, según costumbre de aquellos tiempos, se alojaron en casa de sus amigos los dueños del bar anteriormente mencionado. La razón principal del viaje era visitar a los amigos y asistir a la corrida de toros, algo que, además de gustarles mucho, daba para hablar todo el año. Como recuerdo del acontecimiento trajeron un cartel que estuvo colgado muchos años adornando una pared en la caseta de la huerta que poseían en Valdesejas. Cartel que, aunque de forma un poco borrosa, ay la   memoria,  recuerdo así:

Ocupaba todo su fondo, que tenía un color pastel ligeramente amarillo, un torero dando una media verónica a un toro negro zaino. Torero  y toro de perfil.  

Las leyendas decían:

PLAZA DE TOROS DE ZAMORA

8 DE SEPTIEMBRE DE 19xx

(la fecha no la recuerdo con exactitud)

Con el permiso de la autoridad y si el tiempo no lo impide, se lidiaran seis hermosos toros seis de la famosa ganadería del Duque de Pinohermoso  por los matadores

Luis Miguel Dominguín

Pepe Dominguín

   Y   Manolo González.

Por la noche los matrimonios Cordero y Barros, se fueron al Ramos  a ver la actuación de la compañía de Pepe Pinto. Terminada la actuación accedieron al camerino de los artistas para saludarlos. Una  vez estos en ropa de calle, se  unieron a los dos matrimonios y salieron a disfrutar de la festiva noche septembrina zamorana. Obvio es decir que fueron a tomar unas copas al Duri  a disfrutar de las actuaciones de las animadoras, que entonces,  sobre todo en ferias, eran habituales en ese café.

 Era  la última  actuación de la compañía del Pinto en Zamora en aquellas ferias y tenían unos días de asueto hasta las siguientes  en Salamanca. Como  el sexteto, sobre todo las mujeres, había conectado bien, decidieron prolongar la reunión  y convinieron en acercarse  a conocer Alcañices, así que la tarde del día siguiente aparecieron en la villa. La llegada de los artistas no fue un acontecimiento que revolucionara el pueblo, entonces no había la histeria que hoy se forma alrededor de los famosos, ni se anunció a toque de reloj,  pero si fue conocida por los que frecuentaban la Casa Barros y por los íntimos de los propietarios que, conocedores de la personalidad de los visitantes,  llegaron a la taberna  más temprano de lo habitual. Después de las preceptivas presentaciones y saludos, Perero fue a su tienda y volvió cargado  de botellas de Tío Pepe,  Coquinero y de toda clase de latas de conserva, acompañado de Fernanda, su mujer, que le ayudó al transporte. Cotoví,  que rápidamente  apareció con  la señora Eugenia llegó aportando   quesos holandeses de bola y Montecristos. El  dueño de la casa sacó el mejor jamón que tenía, así que el tentempié proyectado se convirtió en suculento y bien regado banquete. La docena larga de personas que se sentaron alrededor de la mesa, dieron buena cuenta de las viandas y, como el vino fino trasegado humedeció con generosidad los gaznates, pasó  lo que tenía que pasar, que la sobremesa se prolongó hasta bien entrada la madrugada..

Perero, la copla, Cotovi, la guajira, Cordero, “ahí va la galga”, cuando el asma se lo permitía,  daba sus jipios. Cada  cual hacía lo que mejor se le daba o se le ocurría,  pero la verdad es que el cante nunca se interpretó con tanta pureza en la villa (¿Habrá algo mas verdadero que cantar sin  música? se preguntaba Einstein) como cuando la Niña de los Peines de arrancó por peteneras, tangos, soleares, seguiriyas y tarantas. Tampoco faltaron las sevillanas, ni  los intentos de bailarlas por todos los asistentes bajo la compasiva mirada de los artistas. Pepe Pinto  cantó zambras y sus famosos fandangos. Uno  de ellos, precursor del móvil, decía:” lo he dicho y lo voy ha hacer/ un teléfono sin hilos/ pa saber de tu querer”, y los recitados y las coplas que le dieron gloria. La velada fue larga y recordada por los asistentes durante toda su vida. Y  yo, que entonces era poco más que un niño de pecho, no se si fue algo que viví o si  de oír relatarlo tantas veces, parece como si lo hubiera vivido. Lo tengo tan interiorizado que cuando oigo un cante de la Niña de los Peines o del Pinto, los veo interpretándolo en el comedor grande de la casa, acompañado sólo  de las  palmas o de los nudillos  percutiendo sobre la mesa   marcando el compás.    

Esto podía tomarse, como se dice ahora, por una leyenda urbana, pero es historia. Historia  que hizo felices a quienes la vivieron  y la guardaron entre los recuerdos  más agradables.

 

 

Las Candelas 2015

A María Gago, María Martín y María Barros

martes, 6 de enero de 2015

Rogativas

Las rogativas eran, no se si son, unas peticiones que se hacían al cielo para que, cuando se necesitaba, lloviera. Generalmente las plegarias se efectuaban en procesiones en las que se sacaba a una imagen, que era  llevada en andas por los fieles hasta los campos, para que vieran la necesidad, quienes  le pedían: te rogamus audi nos, que intercediera  para que los cielos se abrieran y cayera generosamente el tan deseado liquido. Como cuando más se necesitaba  el agua era en mayo para que granaran bien los panes y los prados tuvieran buena y abundante hierba, el santo que procesionaban era San Isidro  -fiesta o conmemoración que se celebra el 15 de mayo- que como había sido labrador, era su abogado en estas cosas. Pero había pueblos que  no disponían de  imagen del santo y procesionaban en las rogativas  la de  quien mas devoción tenían, que casi siempre solía ser  un Cristo.

Pues bien, en un pueblo de la raya, del otro lado de la raya, aquel año había sido sequísimo, no había caído  una gota de agua ni en el invierno ni durante la primavera. Los campos eran un secarral; en  los prados se veían más trozos de calvas que de hierba  y las gentes  empezaban a pensar que tendrían que desprenderse del ganado ya que no tenían posibilidad de alimentarlo y las cosechas de cereales y hortícolas no se preveían ni medianamente suficientes. Así que decidieron  solicitar al cura párroco que hiciera rogativas para pedir lluvia. Este  accedió rápidamente a la solicitud, hombre de fe, creía que ese tipo de cuestiones eran  eficaces si en ello se ponía  la convicción necesaria. El  sacerdote  no era como el de un pueblo alistano al que, dada la pertinaz sequía, los feligreses fueron a pedir  que hiciese una procesión para que lloviese  y les dijo que bueno, que si no había otro remedio la haría, pero que al menos habría que esperar a que hubiese alguna nube. Quizás este era algo más pragmático. Cuestión de puntos de vista.  

En  el pueblo de Ifanes, será mejor decir el nombre, al otro lado de la raya, hicieron la rogativa con toda la solemnidad, el cura, los mayordomos de todas las cofradías, los monaguillos y todos los que ostentaban alguna representación o autoridad se revistieron con sus mejores galas y sacaron al Cristo crucificado, imagen muy antigua a la que tenían una gran devoción, para que por  él mismo comprobara el estado de necesidad. En Portugal san Isidro es casi un desconocido, así les va, pues es un santo español, madrileño y puede que hasta moro o, al menos, morisco.

La rogativa fue hecha con el mayor fervor, los “Te rogamus audi nos” llegaron a su destino y fueron eficaces. Antes de salir de la iglesia, donde la comitiva dio por terminada  la procesión y dejó  la imagen, empezó a llover copiosamente. Los parroquianos se pusieron muy contentos, vieron que  les habían atendido en sus  necesidades y que las penurias que tenían por inevitables llegaban a su fin.

Pero hete aquí que pasaban  los días y la lluvia no cesaba. Los campos rebosaban de agua, todo era un barrizal, los caminos se hicieron intransitables, a los prados  no podían llevar el ganado y la cantidad de agua caída era tal que la yerba se pudría sin que los animales la pudieran pastar y en las tierras los cereales estaban cogiendo un color que no anunciaba una buena cosecha. En fin, que la meteorología había dado un vuelco pero la situación no había mejorado sino todo lo contrario.

Así que otra vez los feligreses decidieron acudir al párroco para solicitar otras rogativas, pero esta vez para pedir que cesara la lluvia. Todo el pueblo, con el cura y todas las autoridades a la cabeza,  formó en procesión con el santo Cristo  en las andas, cantando  con toda la potencia de sus pulmones (que paradoja) para que la lluvia les dejara. Hicieron  la procesión durante varios días, pues el agua seguía cayendo insistentemente. Después de repetir la solicitud muchas veces la lluvia no cesaba, la gente estaba desesperada al ver que su adorado Cristo no les hacía caso y prever un futuro  más negro que los cielos.  Cansados de rezar y de suplicar, viendo que sus males no tenían remedio,  la enésima vez que sacaron al Cristo sin que les hiciera caso, al llegar a la iglesia lo tiraron en la gran laguna que se había formado en las inmediaciones.

La imagen, que como ya dijimos, era muy antigua, estaba plagada de los agujeros que la carcoma le había hecho a lo largo de los siglos. Así que al hundirse en el agua, el aire que contenía produjo gran cantidad de burbujas que al salir a la superficie hacían el glu glu  característico. Las gentes que lo contemplaban alrededor de la charca,  que no estaban precisamente contentas con la actuación del Cristo,  en tono  sarcástico, enfadados le gritaban: “carallo, ainda bufas”.

Desde entonces  en ese pueblo ni se te ocurra decir: glu, glu, glu,  ni  mucho menos acompañarlo de un gesto  con la mano hacia arriba moviendo los dedos haciendo como que algo ascendiera. Puedes  tener problemas.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Monte del Pedroso

El Pedroso es el monte mas mítico de Aliste, en el hay un castro que es uno de los más extensos e inexplorados de los existentes en la comarca. Tiene una altitud de 765 metros y una extensión de unos 3 km2.  En la cima, llamada la Plaina, había una torre de vigilancia de siete metros de diámetro y considerable altura, desde la que se avistaba una gran extensión de terreno. Estaba circundado por una muralla que protegía a la población que residía en las viviendas que había en su interior, en un recinto de más de ciento cincuenta metros de longitud. El   monte estaba perforado por cuevas y túneles que facilitaban el ocultamiento y el traslado de los habitantes del poblado. En esas cuevas y túneles realizaban ritos, ofrendas y sacrificios, y todavía en el Santuario se pueden ver pinturas esquemáticas y se han encontrado puntas de flecha y hachas de piedra pulimentada. Al castro   se accedía por una puerta de embudo que hacía muy difícil que pudieran penetrar enemigos o gentes que no fueran bien recibidas por los de dentro.

Viéndolo en la actualidad es  difícil imaginar como fue y lo que representó el castro del Pedroso. Ya  desde la invasión romana, ha sufrido un progresivo proceso de deterioro y destrucción que se aceleró cuando la construcción del primer puente internacional sobre el río Manzanas, al que fueron a parar muchas de las piedras de la muralla que protegía el castro. Ocasión  en la que, además,  se  obstruyeron  los accesos a las cuevas y túneles.  Muchas son las historias de ovejas, perros y otros animales que  habiéndose internado en el recinto desaparecían y a pesar de  la  minuciosa búsqueda que hacían  sus dueños, no fueron encontrados  pero que, pasado un tiempo, aparecían  misteriosamente en lugares muy lejanos  retornando posteriormente a la casa de sus dueños. Todavía quedan grietas que permiten el acceso a algunas cuevas y, se cuenta, que durante mucho tiempo fueron sitio de paso y refugio  de contrabandistas por las que desaparecían, burlando a los  guardias perseguidores, que quedaban perplejos y turbados.

Todas estas leyendas vienen desde tiempos inmemoriales, cuando nuestros antepasados los zoelas, en las luchas que tuvieron por su independencia contra los romanos, vivían en los castros y estos eran lugares de defensa. No  hay que olvidar que los zoelas era un pueblo astur, y que los romanos guerrearon durante muchos años contra cántabros y astures sin poderlos doblegar. Qué pena que no hayamos tenido un Uderzo y un Coscinny que hubieran cantado las hazañas  de nuestros irreductibles alistanos. Hasta el mismísimo Julio Cesar -miliario de San Vitero dixit- visitó  estas tierras y, como ni él fue capaz de derrotar a los indígenas alistanos, los romanos hubieron de firmar un tratado de “Hospicium y clientelae” para  tener la fiesta en paz. ¡Que somos poca cosa los alistanos¡

En aquellos tiempos, en lo que hoy conocemos como Aliste y Tras-Os-Montes, había muchos castros en los que los indígenas se organizaban para defenderse de las invasiones. Estaban tan bien construidos que algunos llegaron hasta la época de las correrías de los bárbaros, fundamentalmente de los alanos, que, haciendo honor a su nombre, destruyeron los pocos que quedaban en pie desde la romanización.

Cuenta la leyenda que muchos de esos castros se comunicaban por túneles loEl monte del Pedroso

El Pedroso es el monte mas mítico de Aliste en el que existe un castro que es uno de los más extensos e inexplorados de los existentes en la comarca. Tiene una altitud de 765 metros y una extensión de unos 3 km2.  En la cima, llamada la Plaina, había una torre de vigilancia de siete metros de diámetro y considerable altura, desde la que se avistaba una gran extensión de terreno. Estaba circundado por una muralla que protegía a la población que residía en las viviendas que había en su interior, en un recinto de más de ciento cincuenta metros de longitud. El monte estaba perforado por cuevas y túneles que facilitaban el ocultamiento y el traslado de los habitantes del poblado. En esas cuevas y túneles realizaban ritos, ofrendas y sacrificios, y todavía en el Santuario se pueden ver pinturas esquemáticas y se han encontrado puntas de flecha y hachas de piedra pulimentada. Al castro   se accedía por una puerta de embudo que hacía muy difícil que pudieran penetrar enemigos o gentes que no fueran bien recibidas por los de dentro.

Viéndolo en la actualidad es  difícil imaginar como fue y lo que representó el castro del Pedroso. Desde la invasión romana ha sufrido un progresivo proceso de deterioro y destrucción que se aceleró cuando la construcción del primer puente internacional sobre el río Manzanas, al que fueron a parar muchas de las piedras de la muralla que protegía el castro. Ocasión  en la que, además,  se  obstruyeron  los accesos a las cuevas y túneles.  Muchas son las historias de ovejas, perros y otros animales que se habiéndose internado en el recinto desaparecían y a pesar de  la  minuciosa búsqueda que hacían  sus dueños, no fueron encontrados  pero, que pasado un tiempo, aparecían  misteriosamente en lugares muy lejanos  retornando posteriormente a casa de sus dueños. Todavía quedan grietas que permiten el acceso a algunas cuevas, y se cuenta que durante mucho tiempo fueron sitio de paso y refugio  de contrabandistas por las que desaparecían, burlando a los  guardias perseguidores, que quedaban perplejos y turbados.

Todas estas leyendas vienen desde tiempos inmemoriales, cuando nuestros antepasados los zoelas, en las luchas que tuvieron por su independencia contra los romanos, vivían en los castros y estos eran lugares de defensa. No  hay que olvidar que los zoelas era un pueblo astur, y que los romanos guerrearon durante muchos años contra cántabros y astures sin poderlos doblegar. Qué pena que no haya habido un Uderzo y un Coscinny que hubieran cantado las hazañas  de nuestros irreductibles alistanos. Hasta el mismísimo Julio Cesar, miliario de San Vitero dixit, visitó  estas tierras y, como ni él fue capaz de derrotar a los indígenas alistanos, los romanos hubieron de firmar un tratado de “Hospicium y clientelae” para  tener la fiesta en paz. ¡Que somos poca cosa los alistanos¡

En aquellos tiempos, en lo que hoy conocemos como Aliste y Tras-Os-Montes, había muchos castros en los que los indígenas se organizaban para defenderse de las invasiones. Estaban tan bien construidos que algunos llegaron hasta la época de las correrías de los bárbaros, fundamentalmente de los alanos, que, haciendo honor a su nombre, destruyeron los pocos que quedaban en pie desde la romanización.

Cuenta la leyenda que muchos de esos castros se comunicaban por túneles lo que facilitaba el traslado de sus habitantes cuando era necesario. Ocasiones ha habido en las que los agricultores, cultivando huertas o tierras, han encontrado utensilios, lápidas, estelas y otras cosas, (mucho se ha hablado de las llares de oro y monedas del Castríco de Rabanales) y que, en alguna ocasión, se han hundido en un cueva, aparecida repentinamente, vacas y arador.

Arausa y  Turian, eran dos mozos zoelas arriscados y empurrisquinos, que no querían estar sometidos a los romanos, quienes  no sólo pretendían dominarlos  sino que  intentaban que les pagasen impuestos, oprimirlos y ser dueños de vidas y haciendas. Ellos fueron quienes organizaron guerrillas con la gente de la comarca y eran tan eficaces en la pelea que Cesar hubo de venir a mandar a sus tropas pero ni aún  él pudo someter a gente tan peleona y conocedora de la tierra. Así que para que no figurara el baldón de vencido en su currículo, Cesar, pretextando que en Roma tenía que resolver  cosas de mucha importancia, se las piró y dejó a Galba encargado del asunto ya que a este le atribuyan  experiencia por haber engañado a los lusitanos que asesinaron a Viriato.

Nuestros antepasados volvían locos a los romanos. Tan pronto les atacaban en la sierra de la Culebra como en la del Marâo, en Villalcampo o en Castro Avelâs, en Rabanales o en la ribera alta del Manzanas donde, en los fornos que había en las márgenes del río, hacían y templaban las armas que utilizaban en las  batallas. Los zoelas eran como los cucos, en un nido cantaban y en otro ponían los huevos, en un lado aparecían y alaciaban  y atacaban por otro. Y los romanos tampoco aquí encontraron a Minuros, Audax o Ditalcos que traicionaran a sus líderes. Como mal menor consiguieron un tratado  que les garantizaba la convivencia en paz, pero que les exigía tratar a los alistanos como ciudadanos romanos. Los seguidores, que eran todos, de Arausa y Turian, conocían  cuevas, túneles y pasadizos   y se movían por ellos como por su casa, nunca mejor dicho. Nosotros, descendientes ignorantes, ya no sabemos movernos por esta tierra con la soltura que ellos lo hacían, sólo sabemos hacerlo por carreteras que además están como están
 Aunque hemos oído decir, como comentaba mas arriba, que alguna vez una oveja, un perro o una vaca metiéndose en una espesura desaparecieron y  fueron encontrados en territorios lejanos y que  existen comunicaciones subterráneas con localidades del otro lado de la raya, nunca lo hemos tomado en serio. Creemos que son leyendas, pero estas no son más que la pura realidad. Todo eso lo sabían muy bien quienes se dedicaban al noble oficio del contrabando, pero ese gremio  siempre ha sabido guardar el secreto. Les iba la vida en ello

FELIZ AÑO

Jesús Barros

domingo, 30 de noviembre de 2014

Vivinera




Vivinera es una localidad legendaria, sus comienzos se remontan a épocas prerromanas. Tiene hacia el suroeste un castro que, aunque lleva los nombres de Pico de la Almena o  Cerro del Moro, nada tiene que ver con los   mahometanos y es uno de los más antiguos y peculiares de la comarca. Construido en los siglos III ó II antes de Cristo -anda  que no faltaba para  Mahoma-  ostenta la singularidad de tener como defensa piedras hincadas, fincones,  en sus laderas, formando círculos excéntricos,  lo que impedía, o al menos hacía muy dificultoso y lento, que los asaltantes pudieran acceder a caballo hasta el amurallado recinto . Ocupa una extensión bastante grande y aun hoy se pueden ver las piedras hincadas y los restos derruidos de la muralla y del torreón. En la localidad  hay una fuente romana     que ha abastecido de agua potable  durante casi veinte siglos  a sus gentes, cosa que viene a certificar que el pueblo ya existía antes de nacer alguno de nosotros.

El nombre, aunque hay teorías que dicen que viene del término VINEM-NIS que quiere decir mimbrera, sitio abundante en mimbres; yo creo que procede de la alocución VICI- NEMEN, que significa ALDEA SAGRADA. Pero no me hagan mucho caso: pues ni se latín, ni tengo idea de semántica ni soy filólogo. Es que esto segundo es  bonito, me gusta más y puede que hasta sea cierto.

Vivinera bien  merece una visita: está a tiro de piedra de Alcañices;  ver el Pico de la Almena, la fuente romana, visitar la iglesia,  que tiene en la pared norte y en el altar mayor  unos magníficos frescos, restaurados recientemente, que cuentan la vida de Santo Domingo de Guzmán, patrono de la localidad. ¡Ah,  y no hay que olvidar que tiene aeropuerto! Esto y charlar con sus gentes justifica un paseo hasta allí. El  aeropuerto  es moderno, pero la localidad tiene tradición aeroportuaria.  Ya  en la década de los años 30 del S. XX. en el pago del Cerrado aterrizó un aeroplano que pilotaba uno de la villa apodado el Inglés y, creo recordar que veinte o treinta años después, volvió a aterrizar otra avioneta en el mismo sitio. Según  cuentan, hace pocas fechas otra vez  también una  avioneta aterrizó en el Cerrado, sorprendiendo a unos deportistas que jugaban al golf en Sahú, a quienes preguntaron los ocupantes si en las proximidades había una gasolinera. O sea que lo del aeródromo no es ninguna tontería, para eso está el de Castellón.

La gente de la localidad es amable, acogedora, esplendida,-recuerdo con nostalgia las invitaciones del día del rosario y las cenas  en casa de la Emilia, ¡aquellos pollos de su corral guisados  al pote!- a pesar de la fama que le otorgan los dichos, que manifiestan que son gentes arriscadas, osadas, temerarias. Para definirlas se dice que: son de la Quinta de los Picadeiros. Pero  este apelativo  es por algo,  no viene a humo de pajas, tiene su historia y allá va:

Francisco Mendes de Vasconcelos, fundador del mayorazgo de la Torre, en el lugar de Carreira dos Cavalos, era señor de la freguesia (que fue parroquia en los inicios del reino de Portugal)  dos Picadeiros, quinta  que está cercana a la localidad de Vimioso.  Pues bien, este señor se fue para Salamanca donde se casó con Inés Taveira de Figueroa el año 1480 y, como tampoco en aquella época se debía vivir mal en esa ciudad, allí se quedó.  En Salamanca estuvo hasta 1493,  año en el que decidió retornar a Vimioso, no se sabe si por añoranza de su tierra, cosa poco probable, los portugueses siempre han sido muy viajeros, o bien por  necesitar dinero para poder seguir disfrutando de la gran vida que llevaba en la  universitaria ciudad. 

Al llegar a Vimioso reclamó a los habitantes de Picadeiros  los foros que estos no pagaban   desde que de allí se había ausentado; a lo que aquellos se negaron. Un día, el tal Francisco, bajo el pretexto de ir de cacería, apareció en la quinta acompañado de sus criados y amigos, siendo recibidos a tiros por los arrendatarios que mataron a dos de los acompañantes de Francisco. Los componentes de la cuadrilla de cazadores  cargaron contra los de Picadeiros,  matando  a cinco e hiriendo a muchos.

Francisco Mendes de Vasconcellos escapó ileso de la batalla y se fue a ver al rey  para contarle  lo sucedido, reclamar sus derechos y, para hacer mas fuerza en la petición y conseguir el apoyo real, ofreciose para servir en la armada que se estaba formando en Portugal  para ir a tomar Ceuta.

El rey Don Joâo II acepto la oferta, partiendo Mendes de Vasconcellos  para África el 2 de marzo de 1494. El  rey envió a Joäo Bernardes da Silveira, canciller de Porto, para Picadeiros, donde llegó el 28 de marzo con  fuerza militar suficiente para realizar la labor que le habían encomendado, que era la de castigar a los arrendatarios y reintegran la posesión a Francisco. Joâo cercó la población y prendió a los cabecillas de la rebelión: Antonio Duarte;  su hermano Chico Duarte;  Joâo da Costa;  Pedro Nunes Furâo; Antonio Rilhado; Domingos Anes;  Joâo Fernandes Picalho; Antonio Esteves; y Francisco de Almeida Bailâo.  En la orden de detención figuraban más, pero consiguieron huir.

El 16 de abril los presos fueron atados a esteras sujetas a caballos y de esta guisa les dieron tres vueltas alrededor de la plaza y del pelourinho de Vimioso. Después, en procesión y exhortados por dos sacerdotes, los llevaron a la capilla de Nossa Senhora dos Remedios donde se celebró una misa en la que platicó un sermón el sacerdote Antonio Pimentel. Los detenidos fueron posteriormente llevados hasta el alto do Sardoal, enfrente de la población de los Picadeiros. Allí habían levantado tres horcas, y allí fueron  ahorcados   los prisioneros, a excepción de Francisco Duarte y Antonio Esteves.

A los siete ajusticiados les cortaron las cabezas. Las de Furâo y Bailâo fueron clavadas en altos postes  en la localidad de Picadeiros y los otros quedaron en las horcas hasta que el tiempo  las consumió.

Los habitantes supervivientes de la Quinta huyeron aterrados para Aliste y se establecieron en Vivinera y en Castro Ladrón, que así era como se llamaba entonces el pueblo que hoy es Castro de Alcañices.

Esta es la historia, así nos la cuentan Francisco Manuel Alves y Adriâo Martins Amado en el libro: Vimioso, notas monográficas.

Jesús Barros