Octubre, mes de los rosarios aunque aquí no se festejaran, o yo no lo recuerdo. Los celebraban en Vivinera y en Alcorcillo y algunos mozos iban, pero como de prestado, eran fiestas de los de allí. El Día del Pilar, que es la patrona de la Guardia Civil, aunque era festivo, en Alcañices no tenía relevancia. Los guardias civiles, que eran muchos, si lo celebraban con misa y comida comunitaria pero era fiesta solo para los del cuerpo. Curiosamente recuerdo que unos días antes se abría la caza para que tuvieran la posibilidad de tener buena celebración.
Noviembre nostálgico. Además de que era invierno, los días eran cortos y los ánimos no se puede decir que eran muy animosos. Hay un refrán que lo define: “Dichoso mes que empieza en los Santos y termina con san Andrés.”
El 1, Todos los Santos, se recuerda a los que nos dejaron y los rememoramos yendo al cementerio a rezarles. El sacerdote rezaba unas oraciones desde la cruz del centro y después se acercaba a las sepulturas a rezar “los recorderes” con el bonete hacía arriba. Los familiares de los allí enterrados depositaban monedas en el gorro en la cantidad que creían conveniente. Y el oficiante decía oraciones proporcionalmente a lo espléndidos que habían sido. Ahora solo se reza desde la cruz central y la ceremonia es mucho más corta.
El 2 es, o era, el día de las Ánimas Benditas del Purgatorio. A las 0 horas después de la correspondiente novena, se iba a rezar por ellas al cementerio viejo que está Dentro de la Villa. Las campanas de la parroquia estaban encordando toda la noche. Los que las hacían sonar habían hecho acopio de castañas para asar y aguardiente para no pasar frío.
En algunos rincones obscuros era frecuente el colocar calabazas vaciadas, a las que se le hacían ojos nariz y boca, con una vela dentro encendida para dar sustos. Todavía no nos había invadido Halloween.
En algún tiempo existieron a la vez cuatro sitios de enterramiento. Había un cementerio en el hospital, otro dentro de la iglesia, otro alrededor de la iglesia y un cuarto dentro de la Villa, el que se llamaba cementerio viejo. Este último estuvo funcionando hasta que hicieron el del Torronal. Además, dependiendo de la capacidad económica y de la relación con el convento de san Francisco, allí también eran enterradas personas de relevancia vistiendo el hábito franciscano. Igualmente en la parroquia, dependiendo de la aportación que se realizara, los enterramientos se situaban más o menos cerca del altar mayor.
Y con San Andrés se acaba el mes.
Ya estamos en diciembre. Las fiestas de este mes indudablemente son las navidades. Aunque, desde 1978 el día 6 es festivo, el 8 es la Inmaculada, que tenía y tiene poca relevancia festiva. Que yo recuerde, misa y poco más.
Este es, básicamente, el mes de las matanzas, importantísimas para la manutención del año. Raro era el vecino que no había criado y engordado los cerdos que garantizaran el sustento del año. La matanza era trabajo, pero también días de convivencia con familiares y amigos. Los niños eran quienes más disfrutaban, estaban liberados de asistir a la escuela y no necesitaban más justificación que “estoy de matanza”. Y a correr.
Los días de las labores matanceras eran tres. Creo que esto ya lo he contado en algún otro sitio pero algo voy a contar. En la mañana del primer día los colaboradores se juntaban a eso de las 10, siempre había una copichuela de aguardiente y alguna pasta mientras se hablaba de los trabajos a realizar. Sacrificar el cerdo, coger la sangre para las morcillas, chamuscarlo y abrirlo para sacar hígado, intestinos, mantecas y todo lo que el bicho tiene en su interior (se dice que del cerdo se aprovechan hasta las cascarrias). Luego se colgaba abierto y en canal al aire para que se enfriara. Los niños esperaban inquietos que les dieran la vejiga para inflarla y jugar al fútbol con ella hasta que se rompía. Y todos a comer la magnífica chanfaina (no voy a describir esta inigualable comida ya que en cada casa, aunque muy parecida, se hacía algo distinta pero siempre magnifica).
El segundo día se destazaba el cerdo separando tocinos, jamones, lomos, barbada etc. Lo mejor era la chicha que, a eso de las 11, asada en las brasas, era compartida por todos. Picar la carne para chorizos, el adobo, hacer morcillas, deshacer la manteca y elaborar los chicharrones eran las labores que daban fin a la jornada.
El tercero y último día se hacían los embutidos, se ponían en salazón lomos, tiras, barbadas, costillares y lo que en cada casa tuvieran costumbre y quedaban cubiertos de sal jamones, paletas, tocinos y todo aquello que cada quien creyera conveniente. Quedando solo la labor de colgar para que se curaran: chorizos, morcillas y botillos. Y cuando se creía que: jamones, los expertos decían que por cada kilo había que tenerlos un día, tiras y todo lo metido en sal ya estaba suficientemente salado, se colgaba en la cocina para el correspondiente secado.
La celebración de la Nochebuena ha cambiado mucho desde los años 60 del pasado siglo. Entonces la mayoría de la gente no tenía medios y la cena habitual consistía en caldo de berza y pulpo. Claro que el pulpo ahora se ha convertido en una comida de lujo, solo hay que ver el precio que tiene, pero entonces era un producto asequible. Manolo Cañedo, alcañiceño de pro, se había marchado para Algeciras y allí se dedicaba a comercializar pulpo seco y en noviembre lo traía para Aliste en sacas para su venta en los comercios de ultramarinos. Las tiendas lo almacenaban y ¡hay que ver el olor que daban!
Después de la cena de Nochebuena algunos iban a bares y tabernas a tomarse unas copichuelas y contentos, cantar, pasar un rato. Otros, especialmente las mujeres, asistían a la Misa del Gallo y al finalizar, directamente para casa.
Navidad era celebración religiosa. A la salida de misa mayor se tomaba vermú o vino, la cerveza casi era desconocida, y a comer. La comida consistía en productos de la matanza (el chorizo entrecocido, un manjar). También algunas familias disfrutan de turrones y dulces tradicionales. La juventud tenía bailes en la plaza y, a veces, los había en sitios cerrados: casino, Club de la Amistad o en el garaje del Noroeste zamorano.
El 28, Día de los Inocentes, se gastaban bromas, inocentadas, con más o menos gracia, pero siempre inocuas. Hubo alguna bien trabajada y con mucha gracia, por ejemplo, la que le hicieron a Angelito “Carnero” llamándole a las tres de la madrugada por que le estaban robando la batería del camión. Y otra, esta pudo traer problemas, cuando un amigo llamó al jefe de la Policía para que acudiera con urgencia al Club de la Amistad porque estaban pegando a un compañero. Las dos terminaron en risas.
El último día del año no había nada especial hasta por la noche. Era celebración para la juventud aunque en alguna ocasión los matrimonios se juntaban y en el casino, especialmente en el Callat y en otro que existió donde después estuvo la comandancia de carabineros. También en el Café Central, en tiempos de Alberto Pérez y de su madre, hicieron bailes y se comían la uvas. Alguna vez se pretendió celebrar en la plaza, al toque del reloj, el comienzo del nuevo año pero no tuvo éxito.
Hasta aquí llegan mis recuerdos y la capacidad de contarlos. Perdonad lo pesado que he sido y gracias a los y las más de cuarenta mil que, hasta hoy, han hecho el sacrificio de aguantarme en estas Leyendas Alistanas.
Y como dijo un presidente de gobierno para finalizar una rueda de prensa:
Aquí les dejo, que estoy un poco cansado.
Un abrazo y hasta siempre.
Jesús Barros Martín
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