El anuncio de la Semana Santa nos lo da el Viernes de Dolores, festividad de las Dolores y Lolas. No tenía grandes actividades, era un día de meditación. Puede que no fuera así, pero yo creo que por la noche se rezaba el viacrucis en la iglesia de arriba y en cada una de las estaciones se besaba el suelo ¡Cómo sabían a salitre las lápidas!
El comienzo de Semana Santa era el Domingo de Ramos. Los ritos semana-santeros ya se hacían mucho antes de que existiera el Convento de San Francisco, hoy Santuario de la Virgen de la Salud. Pero en este relato ya existía. El ceremonial del día, misa y procesión. Alguien se encargaba de llevar ramos de laurel a la puerta de la iglesia para los asistentes a la procesión. Algunos -pocos- llevaban palmas. La procesión discurría por la calle de los Labradores, la del Hospital, la Plaza y la de San Francisco, siempre cantando la Gloria de Jesús y rezando. Al llegar al Convento la puerta estaba cerrada, cual las puertas de Jerusalén, Para lograr abrirlas estaba el señor Perico que lo solicitaba cantando y dando golpes con la Cruz Procesional. Desde dentro, también cantando, contestaba Manolo. Las oraciones y los cánticos siempre eran en latín. Parece ser que Manolo no era difícil de convencer y accedía pronto a abrir las puertas y que pasaran al templo todos los procesionantes para asistir a la misa. Una vez acabada la misa todo algunos se dispersaban por bares y otros se iban directamente a sus casas. No había más ceremonias hasta el miércoles.
El miércoles Santo por la noche se procesiona el Cristo del Silencio, imagen protogótica de Cristo crucificado, posiblemente del siglo XIII a la que se tiene gran devoción, y la gente asiste a la procesión con mucho recogimiento. Cuando existía la cofradía de la Vera Cruz los cofrades portaban un farol. Quedan algunos ejemplares (los hacia el Tío Campante y los continuó haciendo su hijo Pepe). La procesión era desde la parroquia hasta el convento donde se dejaba para que saliera en la procesión del viernes.
El jueves la misa era por la tarde. En la ceremonia se hacía el lavatorio de los pies a los niños, que representaban a los apóstoles. El último se decía que representaba a Judas y ninguno de ellos quería ocupar ese lugar, por lo que algunos lloros y peleas se originaban por eso. Después de la misa salía la procesión con los correspondientes pasos. Luego, la exposición del Santísimo para lo que previamente se habían hecho turnos para velarlo y que nunca estuviera la iglesia sin gente. Durante la procesión se cantaba el Miserere. Como no mencionar aquí a Manuel Muñoz, a Isidro Gago y a todos, mujeres y hombres, que lo cantaban a pleno pulmón. Primero decían los sacerdotes los versos en latín y después los asistentes repetían los cánticos en castellano.
Viernes Santo. Como Cristo estaba muerto, no se tocaban las campanas. Para las celebraciones religiosas se llamaba a los fieles con las matracas que, manejadas por los monaguillos, siempre había voluntarios para tocarlas un poco, recorrían todas las calles avisando de las ceremonias con su triste sonido.
Por la mañana, los Oficios Divinos al Cristo muerto. No había misa. Por la tarde, el Descendimiento. Esa ceremonia dirigida y acompañaba de un sermón que yo recuerdo muy tétrico. Todavía resuena en mis oídos la potente voz de don Víctor, párroco de San Juan del Rebollar, condenándonos a todos por aquella crucifixión, mandando a Nicodemo y a José de Arimatea que lo desclavaran y lo bajaran de la cruz. Muchas noches de niño me quitó el sueño.
Luego las imágenes salían en procesión muy representativa de la Pasión por este orden: primero, una Cruz desnuda con el sudario, a continuación la Magdalena con la copa de los perfumes seguida de la Verónica llevando entre las manos el velo con la Santa Faz; después el Nazareno, el Cristo del Silencio, (que procesionaba hasta la parroquia y allí se quedaba) la urna bajo palio con Cristo muerto y cerrando el desfile la Dolorosa. Todas las imágenes iban custodiadas por cuatro cofrades.
Entre el Cristo del Silencio y la Urna desfilaban dos miembros disciplinantes de la Cofradía de la Vera Cruz llevando una corona en la cabeza, una cruz de madera al hombro y unas largas sogas o cadenas atadas a los tobillos. Estas procesiones desfilaban por la calle de los Labradores, la del Hospital, la Plaza, la plaza del Reloj, la de José Ferreras y volvía al Convento por la plazuela de la Iglesia, Dentro la Villa, José Ferreras, el reloj, la Plaza, San Francisco hasta que concluía en el Convento. También los cánticos del Miserere acompañan la procesión.
Este mismo día, ya de noche, procesionaba la Dolorosa acompañada de mujeres vestidas de luto, algunas con peineta. También, como no podía ser de otra manera, acompaña a la imagen el cántico del Stabat Mater, primero en latín y luego, los feligreses en castellano. Esta carrera empieza y termina en la parroquia y tiene el mismo recorrido de las anteriores.
En las procesiones de día los cofrades desfilaban con capuchón, traje morado de terciopelo, cíngulo blanco el jueves, negro el viernes, y alta vara negra rematada con una cruz los dos días. En las nocturnas portaban un farol.
Lo que escribo de la Semana Santa corresponde a tiempos no muy antiguos, cuando la cofradía de la Vera Cruz ya había perdido gran parte de la relevancia que tenía en épocas anteriores. La cofradía, hay documentación, existía desde el siglo XV. Una bula otorgada por el Papa León X el 20 de octubre del año 1515 lo acredita. De 1574, es muy posible que sean copia de otros anteriores, hay unos estatutos en los que se detallan minuciosamente las reglas de la cofradía y las obligaciones de los cofrades. Había dos tipos de cofrades: de Luz y Disciplinantes. Aquellos vestían capuchón, portaban farol con vela gorda y ordenaban las procesiones. Los segundos se laceraban la espalda con cuerdas al modo como lo hacen ahora en algunas localidades de la Rioja. También pertenecían a la cofradía mujeres con los mismos derechos y obligaciones que los hombres.
El día más importante de la Semana Santa era el jueves en el que se celebraban muchos ritos. Los cofrades estaban obligados a asistir a todos los actos. A los disciplinantes se les curaba en la sacristía del convento, donde previamente se habían dispuestos los remedios necesarios. Para celebrar que todo había salido bien, al final de la procesión había aceitada y algún vasito de limonada.
El sábado había la misa de Gloria, creo que este es, o debería ser, el día más importante de cristianismo, la resurrección. En el Gloria se encendía el Cirio Pascual y se volteaban largamente las campanas. Del obispado de Zamora (Aliste hasta 1888 perteneció al obispado de Santiago de Compostela) venia un seminarista que traía los Santos Óleos. Al final de la misa las asistentes llenaban de agua bendita las vasijas o jarras, que habían traído con ese fin. Después con esa agua bendecían las casas y el ganado.
El Domingo de Resurrección -que quedamos que tenía que ser luna llena, se hacía y se hace la procesión del Encuentro y misa de Gloria. Desde hace varios años en la procesión se cantan unos descriptivos versos que Germán el de Correos trajo de su pueblo, Figueruela de Abajo, y que han tenido mucha aceptación.
Mayo no es un mes que festivamente tenga mucha importancia. Estaba dedicado a la Virgen y se le llamaba El Mes de las Flores. Recuerdo con mucho agrado los repiques que, desde el campanario del Convento a las doce, puntualmente, hacía el Señor Manolo “el Chivo” (a quien ya he dediqué un relato titulado el Encuentro). Se lucia regalándonos unos repiques que, por desgracia, son irrepetibles. Él no tuvo continuidad.
El día más importante de la cofradía, festivamente, era el 3, que se conmemoraba la Santa Vera Cruz, fecha en la que celebraba, digamos, su día. Las últimas veces que se festejó fueron en los tiempos en los que Jesús Lorenzo “Canusco” era presidente de la cofradía. En la Fuente Herrada, amenizados por Cirilo y sus “Murcianos” (esta es otra historia de lapsus y confusiones) se comían unas bollas y empanadas acompañadas por limonada y vino. También hubo algunos años en los que al final de la procesión del viernes en los soportales de la plaza obsequiaban a todo el que quería participar con limonada, vino y la tradicional aceitada.
El quince del mes es la festividad de San Isidro Labrador. Es el patrón de los agricultores y lo celebran como corresponde. Hay misa a las doce y después sacan a la imagen en procesión para la bendición de los campos. Esta procesión tiene dos rutas en función de donde ese año se hace la siembra de las tierras; si es hacia Sahú la bendición se realiza (se realizaba) desde la Era. Si la facera estaba para el Sierro se bendecía desde el río.
San Isidro considero que era un hombre con suerte, se iba a la iglesia a rezar mientras los bueyes le hacían el trabajo. ¡Anda que es lo mismo estar en verano rezando que trabajando al solazo!
Y llegamos a junio, sexto mes de año.
El 13 se festeja a San Antonio de Padua, los portugueses dicen “de Lisboa” y tienen razón, Antonio nació en la capital lisboeta y justo es que lo reivindiquen como portugués. (los santos, como tales, no son de donde nacen sino de donde mueren). Existía, creo que ha desaparecido, una cofradía dedicada a la mayor gloria de este santo a la que pertenecían casi todos los jóvenes de la Villa. Al novenario asistían la gran mayoría, todos con la medalla de la cofradía prendida en la solapa. Algunos años, después de la novena, había baile en el cemento de la plaza con el altavoz del Café Central, eso era en tiempos de Isidro “Social” y de Alberto. El día de la festividad había misa mayor, procesión con la imagen del santo y baile que financiaban los mozos. Habitualmente venían buenas orquestas, recuerdo la Copacabana de Benavente, entonces una de las mejores de la provincia.
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