Podría haber titulado este relato “Ciclo agrícola en Aliste” pero, aunque supongo que la manera de realizar y organizar los trabajos sea idéntica, como es Alcañices lo que más conozco, me voy a limitar a relatar como se hacían en la Villa.
La forma de cultivar los cereales era por año y vez, esto es: se hacía barbecho, lo que significaba que a las tierras se las dejaba un año de descanso. Había dos faceras, manera de designar cada uno de los sitios que se sembraban cada año. Una al este: la de Sahú -entre la carretera de Rabanales y la de Zamora- y al oeste la del Teso de las viñas -desde la carretera de San Vitero a la de Tres Marras-. Eso influía en el tiempo en que se acotaban y desacotaban los valles de Sahú y de Palazuelo. O sea, cuando se permitía o no que los ganados podían pastar en ellos.
Las labores
comenzaban -previamente ya se habían hecho los trabajos de preparación de las
tierras- en el mes de octubre con la sementera. Siempre dependiendo del tiempo.
No era conveniente sembrar si las lluvias eran abundantes. Ya el conocimiento
que se tenía por experiencia lo decía:
la siembra, en polvo, por tanto, podía haber diferencias de días en
los tiempos en que se realizaban los trabajos de esta importante labor. Las
tierras son pequeñas, el minifundismo es exacerbado (a ver si esto lo resuelve
la concentración parcelaria pronto), pero la sembradura que hacía cada una de las parcelas la sabían los
propietarios y/o los arrendadores perfectamente. Y, aunque había agricultores
con “embueza” de grano adecuada para echarla conforme a la extensión de la mano
que llevaba distinto criterio (unos sembraban más junto que otros), la manera
de hacerla era la misma. El saco con el cereal colgado del hombro con la boca
de abertura hacia adelante para que la mano que cogía la simiente no tuviera
dificultades en llenarse con la el grano que se echaba a cada paso. Los pasos
iguales y rítmicos acompasados con el brazo que echaba la semilla. Cada
sembrador tenía su método de hacer la labor y hacía más o menos pases conforme
a su criterio. Cuando se sembraba por primera vez una tierra, también cada
sembrador tenía su método para medir y echar la cantidad de semilla adecuada y
no quedarse corto ni pasarse; cualquiera de las dos cosas era perjudicial.
Una vez
sembrada de cereal la parcela, se rajaban los cerros con el arado (el romano un
poco evolucionado) arrastrado por la pareja de vacas, para cubrir la semiente.
Algunas veces, conforme al estado de la tierra, se pasaba el “abigador” para
facilitar el nacimiento y desarrollo del cereal. Nacido fuerte y bien lo
sembrado se procedía al aricado, labor que consistía en pasar el arado, sin
orejeras solo con la reja, por el fondo del surco para combatir las hierbas. Así
quedaba ya hasta que llegaba la segada.
El abonado se
hacía antes de estas labores. Algunos agricultores tenían ovejas, habitualmente
no muchas -entre 40 y 70-, y las llevaban a dormir en los chiqueros que ponían
en las tierras cuando estaban de barbecho. Estos chiqueros los iban cambiando
de sitio hasta que consideraban que toda la finca estaba abonada. Entonces los
trasladaban a otra finca. Quienes no tenían ovejas abonaban las tierras con el
estiércol que le producían las vacas en las cuadras y corrales donde las
albergaban.
Acabada la
sementera se procedía a relevar las tierras que en el ciclo anterior habían
estado de barbecho. Pasado un tiempo, cuando aflojaban las heladas, se
realizada la bima y, cerca ya de la sementera, se hacia la tercia. Si había
tiempo se hacia otra labor de arado para que la tierra estuviera en las mejores
condiciones posibles. Todo esto se hacía a lo largo del año.
Llegado julio
venían las labores de la cosecha. Esta empezaba con la segada que en aquellos
tiempos se realizaba por los métodos ancestrales. Se madrugaba, antes de salir
el sol. A el sitio de la labor, que estaba lejos, se iba andando. En la mano,
la hoz, la piedra de afilar y en algún caso dediles (especie de guantes de
cuero duro para proteger los dedos de posibles cortes con la hoz). También
barrila, de Moveros, que se ponía a la sombra del primer manojo para conservar
el agua fresca.
Según la fuerza
de los segadores se organizaba la cuadrilla. Unos llevaban tres surcos y otros
solo dos, conforme a la capacidad de cada uno o cada una, pues las mujeres
también realizaban esta labor. Abría la marcha el más capaz y le seguían los
demás. Para facilitar el corte se acopiaba con la hoz para coger con la mano lo
que se cortaba con cada golpe de hoz. Luego, ordenadamente, se colocaba detrás
la manada cortada y el segador siguiente echaba encima lo que segaba formando
gavillas. Así se facilitaba su recogida para hacer los manojos. Una vez segada
la tierra y atada la mies en manojos, estos se juntaban en Mornales o Morenas,
que así se llamaban los montones, para protegerlos de posibles lluvias y
también para facilitar la carga en el acarreo. Acabada la segada se decía que
“se había pillado la zorra”. Supongo que esto venía de que, al haber quitado el
cereal del campo, la zorra no tenía donde esconderse y era más fácil pillarla.
La siguiente
labor era el transporte, acarreo, del cereal a la era para la trilla. Para ello
lo primero que se hacía era preparar el carro y engrasar con sebo o manteca el
eje para que rodara bien. Con sogas y horcón en el carro se iba a las tierras,
se supone que a las propias. De los Mornales se cogían con el horcón los
manojos y se iban subiendo al carro. Cargar bien el carro requería
conocimiento, llevaban mucho bálago, los caminos no eran precisamente lisos y
si algún carro volcaba causaba una perdida en el grano al desgranarse las
espigas.
Una vez en la
era se colocaban los manojos formando Medas que, podían ser redondas o
rectangulares dependiendo del volumen de la mies y del espacio del que se dispusiera.
Las Medas se construían poniendo las pajas hacia fuera en forma de pared y se
remataban con los manojos muy bien colocados, poniendo las espigas hacia arriba
como si fuera un tejado para protegerla
de la lluvia. Acabado el acarreo, empezaba la trilla. Lo primero era extender
el cereal formando la redonda parva. Aunque antes se repasaban las piedras del
trillo dejándolas en las mejores condiciones para que cortaran bien las pajas.
En las labores de la era, como se hacían en sitios comunes y juntos, aparecía
el espíritu comunitario de los Alistanos lo que definía Santiago Méndez Plaza
como el espíritu comunitario. Todos colaboraban en labores como dar vueltas a
las pajas de la parva; embayonar si había peligro de lluvia; empavonar cuando
la paja estaba suficientemente trillada y limpiar, ventear, bien a bieldo o con
máquina, según fuera el caso. Trillar requería paciencia, aunque esa labor era
frecuente que la realizaran los pequeños de la casa. En el trillo se pasaban
horas y era pesado y aburrido el ritmo que llevaban las vacas.
La fiesta
llegaba cuando el grano ya limpio llenaba los sacos y se llevaban para casa. En
el carro, en los sitios de las picones, se ponía el horcón del que colgaba un
gallo que casi siempre acababa en el pote. Esto, el cantar del gallo, daba el
nombre a la labor. En las familias cantarinas y alegres en el carro se sentaba
alguien encima de un saco lleno de grano con una herrada debajo del brazo y con
el asa llevando el ritmo, manifestando satisfacción cantando canciones tradicionales:
la Montaraza, los Labradores o cualquier otra, incluso coplas. Este era el día
en el que se dejaba el grano en el granero lo que culminaba el ciclo que empezó
en la sementera y había que celebrarlo. Quedaba la paja todavía en la era,
había que llevarla al pajero, pero se podía tener un descanso; lo principal
estaba hecho.
Había otras labores imprescindibles que se hacían a lo largo del año. Los huertos, después del descanso de la tierra, se labraban en abril, se abonaban abundantemente y se sembraban. Todas las vegas eran fértiles, el agua era abundante y llevaba el nombre del pago del que procedía: la Ganada, la Perdida, la Castañal, el Tejar, Valdesejas, la Ribera, el Carpazal, la Lagunona, Carragaza, las Violares, Peñacueva y de algunas más de las que no recuerdo el nombre. El riego se efectuaba por el pie, se inundaban los surcos. El tiempo de riego en algunos pagos era limitado, se atribuía conforme a la extensión del huerto. Si no había alguna helada tardía que quemara las plantas, la cosecha de todo tipo de verduras, hortalizas, legumbres, tubérculos y demás, habitualmente había para el año. En tiempos anteriores a los de este relato, en los huertos también se sembraba lino como demuestra que haya un pago que se llama la Linarada y que la medida de ellos se expresara en cuartillos de linaza. El lino dejó de cultivarse cuando otros productos lo sustituyeron en la confección de la ropa. Haciendo uso, mal uso, de la Canción a las Ruinas de Itálica de Rodrigo Caro, podríamos decir:
Otra labor era
la hierba de los prados, importantísima para el mantenimiento del ganado
vacuno. Se aprovechaba de dos maneras, bien llevando a pastar las vacas a ellos
o, a su tiempo, acotando estos para que creciera para segarla y llevarla al
pajero para en el invierno alimentar el ganado. Esta labor se sigue haciendo,
los métodos han cambiado pero la función es la misma. La siega de la hierba se
realizaba con la guadaña, “gadaño” como aquí se conocía. Esta labor era una de
las más duras y requería preparación. Lo primero que había que saber era picar
bien el gadaño. Para ello se utilizaba la bigornia y la pica. La bigornia es
una especie de yunque que se clavaba en el suelo y tenia en la parte superior
una pequeña superficie plana sobre la que se apoyaba el filo del gadaño que,
golpeado adecuadamente con la pica le dejaba con un corte irregular y fino.
Esto se hacia siempre al sol para que el acero tuviera la temperatura adecuada
y el filo fuera perfecto.
Así eran estas
labores antes. Bueno, más o menos.
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