jueves, 7 de diciembre de 2017

San Juan del Rebollar

San Juan es una localidad alistana a la que tengo un especial cariño. Mi bisabuela Isabel Poyo era de allí y de pequeño fui muchas veces con ella y mi abuelo a visitar a sus hermanos Pablo y Bartolo. Tenía otro hermano, Francisco, que vivía en San Vitero donde era el cartero. Los cuatro fueron muy longevos, todos pasaron de 95 años, por lo que me dieron ocasión de conocerlos. Me acuerdo de haber ido algunos 24 de junio a celebrar la fiesta; de haber jugado con los niños del pueblo; de tomar refrescos en un bar que estaba en una casa a la  que se accedía por unos escalones encima de unas peñas  y de  chapotear por el rio Mena,  saltando por unas piedras cercanas a la fuente. Recuerdo sobre todo las celebraciones del patrón con comidas pantagruélicas, que duraban horas, en casa del tío Bartolo, que se hacían en un portal grande con el piso de  pizarra y siempre con muchos asistentes. Familiares  y amigos eran invitados  a comer siempre en las fiestas.  

 San Juan ha sido y es un pueblo  pujante  conocido por los jamones, los talleres de carpintería, cristalería, herreros, caldereros, etc., pero sobre todo por tener muy buena gente. Hoy hay  personajes que destacan: el gran atleta Santiago Mezquita, José María Mezquita, artista cotizadísimo, el párroco Teo Nieto, recientemente galardonado con el premio Pablo Iglesias,  que concede la UGT a personas que se distinguen por la labor social que realizan, y algunos más que merecían también ser mencionados pero no va de eso esta historia. De la gente de San Juan se  puede decir que, aunque casi todos son Mezquitas, no son seguidores de Mahoma y que de allí han salido muchos frailes y monjas.
En mi niñez el párroco era don Víctor quien, como muchos de los curas  de aquel tiempo, tenía caballo, escopeta y ama. Una coplilla popular rezaba:

 En casa del señor cura
 hay solamente una cama
 si en la cama duerme el cura
 donde coños duerme el ama.

y decían que los mozos de San Juan no la cantaban porque no tenían necesidad de respuesta. Era sabida por todos. Cuentan que cuando el ama ya no estaba tan lozana don Víctor quiso cambiarla por otra más joven, pero que aquella se plantó y le dijo: “Usted comió la carne, pues roya el hueso”
Don Víctor era querido y respetado en San Juan, en los pueblos que atendía por su ministerio y también en Alcañices. Era un buen sacerdote y mejor persona. Muchos  años fue el encargado de los sermones del ceremonial del descendimiento del Cristo articulado con que se conmemora el Viernes Santo en la Villa. Imaginaros la situación: un Cristo de tamaño un poco más que natural, muerto y clavado en la cruz enhiesta en el crucero de una iglesia  iluminada por la poca luz que entraba por las altas ventanas; don Víctor en el púlpito  tronando con su vozarrón; el ambiente saturado de congoja; y el contenido del sermón cargado de dramatismo, echando la culpa de los padecimientos de Cristo a todos. Aquello  hacía que los fieles se  aterraran y se sintieran culpables y angustiados. Hasta  ponía nerviosos a los que oficiaban de Nicodemo y José de Arimatea, que no acertaban a quitar al tiempo que él iba indicando: ni el INRI, ni la corona, ni los clavos. Lo que hacía que don Víctor se enfadara, ya que tenía que seguir hablando  e improvisar para describir los milagros de Cristo y no lo había preparado.

A pesar de todas esas filípicas con el correspondiente abroncamiento, era muy comprensivo con las debilidades de los feligreses. Es  de suponer que con las suyas también.
Entonces había un precepto  de la iglesia  obligatorio para todos: cumplir con Pascua. Era imprescindible para recibir “la cédula”. La cédula consistía en un papelico que daba el cura al acabar la confesión y  que  lo tenías que presentar a la Guardia Civil para demostrar que habías cumplido el precepto si querías tener el Salvoconducto para poder viajar.
En tiempo de confesiones se juntaban para hacerlas los sacerdotes cercanos al pueblo donde ese día se realizaban. Comían juntos, jugaban al tresillo y bebían alguna copita ya que estaban contentos por haber liberado a los feligreses de la carga de los pecados. Como es de suponer, la concurrencia de esos días a la iglesia era multitudinaria y se hacían colas en los confesionarios. Siempre una de las más largas era la que había en el que oficiaba don Víctor. No hacía demasiadas preguntas, solucionaba rápido el sacramento y ponía poca penitencia. Circunstancia por la que todos y todas (aunque se escriba con faltas de ortografía, hay que ser gramaticalmente correctos) querían confesarse con él.

Conocía muy bien a  sus feligreses, también estos a él, y los tenía controlados a todos. No obstante había uno, Eusebio “el Fino”, que era algo rebelde, no asistía a las misas de los domingos y andaba un poco a su aire. Zapatero de profesión, los domingos llevaba las cholas y demás calzado que le habían encargado a los pueblos de los alrededores, pues era cuando encontraba en casa a la clientela y resultaba más fácil cobrar. En muchas de estas salidas se cruzaba con don Víctor que también iba o venía de decir misa en los pueblos anejos a su parroquia. En uno de estos cruces el cura le dijo: “Eusebio, no te veo por la iglesia y eso está mal, vas a ir de cabeza al infierno”.
Eusebio, que conocía también bien las debilidades de su párroco, le contestó: “Uy, don Víctor, como usted se salve, bien salvado estoy yo”.

Buenos días; Buenos días. Cada uno espoleó su caballo… y tan amigos.

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