Desde una navaja de Malhadas o de Palaçoulo hasta un televisor de color o una cubertería, cuando en España -o “en este país” como dicen ahora los políticos- estaban muy caros los pasábamos de Portugal. Alguna ventaja tiene que tener la cercanía.
Desde una navaja de Malhadas o de Palaçoulo hasta un televisor de color o una cubertería, cuando en España -o “en este país” como dicen ahora los políticos- estaban muy caros los pasábamos de Portugal. Alguna ventaja tiene que tener la cercanía.
No piensen que este aparatoso título es una tesis teológica o filosófica, se trata sencillamente de contar las repuestas que dio a las preguntas que le hicieron a una niña a la que estaban adoctrinando para recibir la primera comunión. Así que tranquilos que no es tan transcendente la cosa.
En aquellos oscuros tiempos en los de
la creencia de que “la letra con sangre entra”, bueno, quizá la sangre no
llegara al rio, pero sí que los castigos corporales eran los que primaban:
largas puestas de rodillas, alguna que otra bofetada y, algún que otro
coscorrón con el puño cerrado y el dedo corazón sobresaliendo para que percutiera con fuerza sobre la pobre
cabeza del indefenso aprendiente.
Aquel fue un día raro. Gentes provenientes de todo España, incluso del extranjero, todos hijos de la Villa, se reencontraban en la plaza, pero extrañamente ninguno sabia cual era la razón que allí los había traído. Algunos no habían vuelto al pueblo desde pequeños. Eran hijos de funcionarios que se fueron allá donde los destinos de sus padres los habían llevado. Pero los más eran nativos, descendientes de padres y abuelos aborígenes, o sea, alcañiceños lígrimos que habían emigrado en busca de una vida mejor.
El próximo 12 de septiembre se cumplen setecientos veinticinco años de la firma del acuerdo que ha pasado a la historia como la Concordia o Tratado de Alcañices. Dicho acontecimiento se formalizó en la fortificada villa de Alcañiças en 1297, negociado por la alta nobleza y firmado por los reyes de Castilla Fernando IV (por el que ejercía como regente su madre María de Molina, ya que Fernando tenía solamente 12 años) y de Portugal Dinis I. En ese acto pactaron, entre otras cosas: la ratificación de compromisos matrimoniales, la defensa y protección de sus reinos frente a terceros, cesión de tropas por parte de D. Dinis e intercambio de territorios, varios de los cuales ya pertenecían de facto al otro; lo que conllevó la delimitación territorial, el establecimiento de la frontera, entre uno y otro reino. Circunstancia que, con escasas variantes, sigue vigente en la actualidad.
Ambos monarcas vinieron acompañados por la nobleza y la alta curia de sus respectivos reinos. Probablemente en ese tiempo la villa fue una de las localidades de Castilla que más gente albergaba. La presencia del rey hizo que Alcañiças fuera durante esos días, todo un mes, como la capital del reino. Al ser la corte itinerante, donde estaba el monarca estaba la capitalidad. Los Templarios, con el maestre de Castilla Rodrigo Yáñez a la cabeza, orden a la que en varias ocasiones distintos reyes habían concedido y confirmado el señorío de Alcañices, ejercieron de anfitriones.
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| Vista de la Plaza Mayor de Alcañices en la década de los 80 del pasado siglo. |
No ha amanecido y ya los hermanos Román Losada -Manolo, Paco y Antolín- suben la cuesta de La Herradura y cruzan la plaza camino del horno para comenzar los trabajos de la elaboración del pan. Hay que hacer las tortas pronto y atender a los clientes madrugadores. Es posible que sea una de las últimas veces que Manolo, el mayor de los hermanos, haga este recorrido, ya que en unos días va a casarse con una chica de San Vitero y tiene previsto establecerse allí para poner una panadería.
El siguiente en aparecer, aunque en dirección contraria, sube por Castropete hacia la calle del Hospital, es Manuel Noro “Vila”. Es uno de los dos churreros que hay en el pueblo. Tiene la churrería en el bajo de la casa de la viuda de Monforte, la “Roja”, (apodo que le viene del color de su pelo, no por ideología), y quiere tener los churros para cuando llegue el coche de línea en el que vienen clientes. Algunos son habituales: Rafael el del Bostal, Damián, de Rábano, con sus piedras de variscita en el bolsillo y también algunos de Nuez. Van a Zamora a médicos, negocios y/o a consultas con abogados. Inocencio, el conductor, y Manolo “el del Correo”, el cobrador, también pasan todos los días por la churrería a tomar un café con leche, unos churritos y, si cuadra, una copichuela de aguardiente que en el autobús no hay calefacción. Al autobús sube "Felismina", va a ver a Manolo Augusto “el de la Elisa”, su marido, que unos días antes lo pillaron con el fardo y lo llevaron para Zamora.
| Calle de La Fuente (FOTOGRAFÍAS DE JOSÉ RAMOS VAQUERO) |
Para mí, y creo que para la mayoría, esta calle empieza donde termina la plaza del Reloj y lleva este nombre la que continua hasta la fuente y la que se abre bordeando la muralla. Hasta no hace mucho, supongo que ya no, la que va hasta la fuente se llamaba José Antonio.
Después del comercio de la Chata
hay una vivienda que pertenecía a Francisco España. Este señor se había
marchado de Alcañices hacía tiempo y dejo en el pueblo, en casa de Tomás España, a su hija Manolita. Cuando volvió era prácticamente un
desconocido. Manolita estaba casada con Gamaliel Sánchez y el matrimonio vivió
en esta casa.
En la siguiente, que estaba
construida sobre cimientos de durísima peña, vivía la familia de Manuel Míguez “el
Zorrico”. Recuerdan aquello de: mi madre es mi tía y mi tía es mi madre.
Era una familia grande, varios hijos y varias hijas. Las hijas eran, siguen
siendo, guapas, una de ellas, Julia,
continua en la Villa y alguna de las
hermanas suelen venir en el verano, sobre todo en las fiestas de San Roque.